Las casaderas vertieron dos gotas de sangre en el caldero.
necesitaban buenos proveedores
y eso pidieron.
Luego las viudas tallaron sus yemas
querían compañeros para sus soledades
De la sangre mezclada salieron burbujas con sabor a deseo.
Las niñas querían un asno para montar
y jugar sus juegos nuevos
“a ser mujer” las empujaba la sangre que arrojaron en el caldero.
Ella bebió
Tragó hasta las virutas de hierro
Menstruó como reguero
brotaron lirios y crisantemos
se volvió fecundo el huerto
fecundo de misteriosas insatisfacciones
de esas en que cada cual obtiene lo suyo
pero no está completo
A coro reclamaron:
Devuélveme la sangre
que no se lo que quiero.
domingo, 23 de agosto de 2009
ventolera
Del mar bravío asoman muletas
Retorcidas.
Giran ruedas
de sillas de ruedas.
Se ven brazos sin cuerpos
y muñones
manos y garfios.
En la profundidad
arrecian aguaceros de paraguas
sin guaridas
Tortas de crema tiradas
perros lamiendo
agujeros
Bajo el agua
camisas
alfileres, ganchos, fuerzas
asfixias
rosas
leopardos
whisky
tugurios
Barbijos y guardapolvos
sirenas que lloran
Retorcidas.
Giran ruedas
de sillas de ruedas.
Se ven brazos sin cuerpos
y muñones
manos y garfios.
En la profundidad
arrecian aguaceros de paraguas
sin guaridas
Tortas de crema tiradas
perros lamiendo
agujeros
Bajo el agua
camisas
alfileres, ganchos, fuerzas
asfixias
rosas
leopardos
whisky
tugurios
Barbijos y guardapolvos
sirenas que lloran
consumaciòn
Quiero morirme
cuando encuentre su recuerdo
porque no la recuerdo
vacía
como garra en el vientre
tenaz
sola
asustada en el bosque
y la nieve cae de las ramas
muda
agitando un pañuelo blanco
detrás de los ventanales
con cara de niña
que envejece
en un tren apresurado
que voy a detener
al final
cuando encuentre su recuerdo
porque no la recuerdo
vacía
como garra en el vientre
tenaz
sola
asustada en el bosque
y la nieve cae de las ramas
muda
agitando un pañuelo blanco
detrás de los ventanales
con cara de niña
que envejece
en un tren apresurado
que voy a detener
al final
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muerte,
pañuelo,
recuerdo
martes, 18 de agosto de 2009
Zarza
Aun recuerda las mañanas desoladas y los pimpollos marchitos. El puño de acero estrujando su estómago vacío. Los días idénticos en la recepción de la escribanía. Los atardeceres de TV y las noches agónicas.
Lila germinaba lento. Las oleadas de vida se desplazaran en puntas de pie y sin hacer ruido cuando pasaban por ella. Pero también la muerte se tomaba su tiempo.
Se acomodó entre aquellos que flotan por siempre sin echar raíces, sin rozar nada. Y se sentía sola, como un fruto seco, rodeada de musgo.
A él lo olió mustio en la vereda. Sintió que su misión era salvarlo.
Era un mosquetero de aguaceros e inclemencia. Se movía lento en la coraza de latas de dulce de membrillo que cubría sus harapos, tan sucia y oxidada como su cuerpo.
No necesitaba de nadie, sólo las monedas distraídas de los transeúntes.
Lo nutría el Paseo Colón. Y también lo guarecía entre sus extensas recovas. Se contentaba con el calor del sol sobre sus nervaduras, las gotas corriendo por la corteza y el tiempo de ser. No le hacían falta las palabras ni los significados ni las caricias ni el deseo.
Lila le regaló un alfajor y el roce de sus yemas. El palpitó con alguien del otro lado de su mundo.
Y se fueron incorporando mutuamente.
Ella aún recuerda cuando tomaba el desayuno, regaba los malvones, se subía al colectivo y le alcanzaba un pastelito. Se sentía fecunda con la esperanza de la polinización en el viento.
Se imaginó plagada de yemas de renuevo, con sus racimos de flores en péndulo.
Su mosquetero la aguardaba con sed de roció. Gota a gota la dureza de su baya fue madurando.
Para el tiempo de la cosecha, Lila lo llevó a su jardín. Rompió su caparazón de hojalata y lo limpió.
Nunca hubo dudas, él la salvó. Ella se lo agradeció.
Cogieron hasta que se les gastó la piel. Sospecharon que una brisa de amor circuló por sus tallos primitivos.
Pero los mosqueteros no se llevan con las simbiosis de invernadero. Y nunca le prosperó el intento de almacigo lejano.
Ella lo enterró en lo profundo. Lo envainó.
Transformó sus pies de aserrín en barro. Ató sus zarzas a las guías y lo orientó hacia los rayos de luz. Lo condenó a las acequias de 6 a 7 y de 11 a 12. Extendió sus esquejes para que las yemas prosperen.
El fruto maduro se pasó. A la hora de la cosecha las moscas lo aprovecharon.
A él se le transformaron las nervaduras en hilachas. Espantaron cuervos y trigales.
Lila, en la jaula estéril, aun recuerda el vuelo de las esporas…
Lila germinaba lento. Las oleadas de vida se desplazaran en puntas de pie y sin hacer ruido cuando pasaban por ella. Pero también la muerte se tomaba su tiempo.
Se acomodó entre aquellos que flotan por siempre sin echar raíces, sin rozar nada. Y se sentía sola, como un fruto seco, rodeada de musgo.
A él lo olió mustio en la vereda. Sintió que su misión era salvarlo.
Era un mosquetero de aguaceros e inclemencia. Se movía lento en la coraza de latas de dulce de membrillo que cubría sus harapos, tan sucia y oxidada como su cuerpo.
No necesitaba de nadie, sólo las monedas distraídas de los transeúntes.
Lo nutría el Paseo Colón. Y también lo guarecía entre sus extensas recovas. Se contentaba con el calor del sol sobre sus nervaduras, las gotas corriendo por la corteza y el tiempo de ser. No le hacían falta las palabras ni los significados ni las caricias ni el deseo.
Lila le regaló un alfajor y el roce de sus yemas. El palpitó con alguien del otro lado de su mundo.
Y se fueron incorporando mutuamente.
Ella aún recuerda cuando tomaba el desayuno, regaba los malvones, se subía al colectivo y le alcanzaba un pastelito. Se sentía fecunda con la esperanza de la polinización en el viento.
Se imaginó plagada de yemas de renuevo, con sus racimos de flores en péndulo.
Su mosquetero la aguardaba con sed de roció. Gota a gota la dureza de su baya fue madurando.
Para el tiempo de la cosecha, Lila lo llevó a su jardín. Rompió su caparazón de hojalata y lo limpió.
Nunca hubo dudas, él la salvó. Ella se lo agradeció.
Cogieron hasta que se les gastó la piel. Sospecharon que una brisa de amor circuló por sus tallos primitivos.
Pero los mosqueteros no se llevan con las simbiosis de invernadero. Y nunca le prosperó el intento de almacigo lejano.
Ella lo enterró en lo profundo. Lo envainó.
Transformó sus pies de aserrín en barro. Ató sus zarzas a las guías y lo orientó hacia los rayos de luz. Lo condenó a las acequias de 6 a 7 y de 11 a 12. Extendió sus esquejes para que las yemas prosperen.
El fruto maduro se pasó. A la hora de la cosecha las moscas lo aprovecharon.
A él se le transformaron las nervaduras en hilachas. Espantaron cuervos y trigales.
Lila, en la jaula estéril, aun recuerda el vuelo de las esporas…
domingo, 2 de agosto de 2009
El profanador
El acero dignifica la idea de lo permanente y de lo inerte. Gobierna la sala desde su frialdad estéril; mesada, bachas, puertas, camillas, instrumental y por sobre todo el temple de los profesionales. El resto, pulcros azulejos empapados en lavandina.
El grillete opresivo del control se esmera en limpieza y orden. Lo humano se disputa de a dos, aunque solo uno con el don de la vida.
Uno con la espalda abotonada por el guardapolvo que cubre desde el cuello hasta las pantorrillas. Todas las señas particulares enmascaradas entre el barbijo y el birrete.
Así se compone este mundo blanco, fulgurante, cegador.
Cuando el puente que separa al hombre de Dios era aun visible, los templos se construían en la cima de las colinas. Se lo circundaba de un villorrio pululante, cercado por murallas y pórticos. Se lo protegía, junto al palacio señorial, como el bien mas preciado del burgo. En el oficiaba el espíritu divino.
Como el templo, “El cuerpo humano es la morada del incognoscible” No son pocos que siguen esta verdad, ni menos los que quieren confirmarla o desbastarla.
Y en este espacio oscilante entre la vida y la muerte se libra la más antigua de las batallas, aquella que siempre se dirime pero nunca se resuelve.
Esta en sus manos atravesar la carne y buscar la verdad.
Todos esperan una respuesta, los familiares, los amigos, los deudos en general. Es su obligación dar una explicación lógica. Y ellos se ilusionan en que quizá, este dentro de sus posibilidades conocer la causa ultima del deceso.
En la sala se escucha el susurro implorante de respuestas:
Señor:
Dignifica mis manos, mi corazón y mi mente para que pueda entrar a tu templo y sortear este espejismo que oculta la verdad.
Poder decirle adiós a los campos de piel hilvanados con el cabello de un ángel constructor y a las redes de energía que circularon con absoluta exactitud.
Zonas de recuerdos sitiadas por ejércitos de olvidos. Vuelos de ruiseñores que ya no despegarán de los párpados clausurados. Besos que no tendrán como destino esta boca. Afirmaciones que ya no serán golpeadas sobre este pecho.
Ver la ausencia de la última brisa perfumada, soplados por el fuelle mudo.
Infinitos senderos que se esfuman sin ser tocados por los pies helados. El fin del esperma que nunca más coronara la caricia del gozo.
Señor:
Concédeme tocar la sangre y la carne a la que debo dividir como lo hiciste tú con los doce que compartieron el último instante.
Señor:
Permíteme con devoción introducir el bisturí y atravesar este cuerpo, en tu búsqueda.
El grillete opresivo del control se esmera en limpieza y orden. Lo humano se disputa de a dos, aunque solo uno con el don de la vida.
Uno con la espalda abotonada por el guardapolvo que cubre desde el cuello hasta las pantorrillas. Todas las señas particulares enmascaradas entre el barbijo y el birrete.
Así se compone este mundo blanco, fulgurante, cegador.
Cuando el puente que separa al hombre de Dios era aun visible, los templos se construían en la cima de las colinas. Se lo circundaba de un villorrio pululante, cercado por murallas y pórticos. Se lo protegía, junto al palacio señorial, como el bien mas preciado del burgo. En el oficiaba el espíritu divino.
Como el templo, “El cuerpo humano es la morada del incognoscible” No son pocos que siguen esta verdad, ni menos los que quieren confirmarla o desbastarla.
Y en este espacio oscilante entre la vida y la muerte se libra la más antigua de las batallas, aquella que siempre se dirime pero nunca se resuelve.
Esta en sus manos atravesar la carne y buscar la verdad.
Todos esperan una respuesta, los familiares, los amigos, los deudos en general. Es su obligación dar una explicación lógica. Y ellos se ilusionan en que quizá, este dentro de sus posibilidades conocer la causa ultima del deceso.
En la sala se escucha el susurro implorante de respuestas:
Señor:
Dignifica mis manos, mi corazón y mi mente para que pueda entrar a tu templo y sortear este espejismo que oculta la verdad.
Poder decirle adiós a los campos de piel hilvanados con el cabello de un ángel constructor y a las redes de energía que circularon con absoluta exactitud.
Zonas de recuerdos sitiadas por ejércitos de olvidos. Vuelos de ruiseñores que ya no despegarán de los párpados clausurados. Besos que no tendrán como destino esta boca. Afirmaciones que ya no serán golpeadas sobre este pecho.
Ver la ausencia de la última brisa perfumada, soplados por el fuelle mudo.
Infinitos senderos que se esfuman sin ser tocados por los pies helados. El fin del esperma que nunca más coronara la caricia del gozo.
Señor:
Concédeme tocar la sangre y la carne a la que debo dividir como lo hiciste tú con los doce que compartieron el último instante.
Señor:
Permíteme con devoción introducir el bisturí y atravesar este cuerpo, en tu búsqueda.
viernes, 31 de julio de 2009
El desvelo
La bailarina danzó en mi alcoba antes del amanecer. A la hora exacta en la que la locura es un don.
Ingresó ataviada sólo con la sonrisa sabia de los que ven más allá del amor y del odio.
Me desveló de mi sueño febril para regalarme su cuerpo tenso de caoba. Fue la respuesta de los dioses a mis súplicas.
Su humedad de fuego enfermó mi sangre. Envainó mis miembros rígidos con la fortaleza de sus muslos.
Bailó en mi cama, bailó desnuda, bailó sobre mí.
Y yo lo hice dentro de ella.
Bebí sus jugos y me embriagué. Arrebaté su pubis y lo atesoré un en un lugar remoto que hoy no recuerdo.
Sus labios no se posaron en los míos. Sus labios tenían otro dueño, más allá.
Me desequilibré por su carniza, la ofreció para apurar mi caída. Me empujó y puso fin a mi historia.
Me molestó tanto no haber sido más para abarcarla.
No eyaculè, quería hacer eterna esta felicidad. Le ofrecí el llanto como mi mejor orgasmo.
Sospecho que se esfumó por la cerradura o la maté. Es un misterio que no es necesario resolver. Ella fue la única certeza que visitò mi alcoba.
Ingresó ataviada sólo con la sonrisa sabia de los que ven más allá del amor y del odio.
Me desveló de mi sueño febril para regalarme su cuerpo tenso de caoba. Fue la respuesta de los dioses a mis súplicas.
Su humedad de fuego enfermó mi sangre. Envainó mis miembros rígidos con la fortaleza de sus muslos.
Bailó en mi cama, bailó desnuda, bailó sobre mí.
Y yo lo hice dentro de ella.
Bebí sus jugos y me embriagué. Arrebaté su pubis y lo atesoré un en un lugar remoto que hoy no recuerdo.
Sus labios no se posaron en los míos. Sus labios tenían otro dueño, más allá.
Me desequilibré por su carniza, la ofreció para apurar mi caída. Me empujó y puso fin a mi historia.
Me molestó tanto no haber sido más para abarcarla.
No eyaculè, quería hacer eterna esta felicidad. Le ofrecí el llanto como mi mejor orgasmo.
Sospecho que se esfumó por la cerradura o la maté. Es un misterio que no es necesario resolver. Ella fue la única certeza que visitò mi alcoba.
domingo, 26 de julio de 2009
Cazuela
Para disfrutar una buena cazuela primero hay que definir de que la queremos hacer. Podemos optar por: cazuela de mariscos, de ave o de olvidos.
Si decidimos hacer la de olvidos es muy útil tener en cuanta que los ingredientes principales son los rincones. Hay que buscarlos, no se consiguen en cualquier mercado.
Los comerciantes obtusos, los que no quieren cambiar son poseedores de varios miles de rincones en ángulo.
Están los curvos, pero hay que tener cuidado de no perderse en ellos porque a veces se pasan de húmedos, mullidos y en apariencia acogedores.
Las puertas que se cierran de un portazo le dan un sabor agreste, casi violento. Es sólo para paladares acostumbrados.
Sin embargo hay ingredientes que se tiran en picada dentro de la cazuela. Son suicidas. Al caer se lastiman y se dejan la herida como una insignia. Si uno los sabe parar a tiempo, sin excederse en la cantidad necesaria, le incorporan a la preparación un dejo romántico y enamoradizo que le va muy bien.
La cazuela se sirve en mantel blanco y con las sillas vacías. Los comensales no le sientan a este manjar.
Para mejor presentación del plato se desparraman azarosamente sobre la mesa algunas manchas indelebles de un pasado incierto. Puede suceder que uno intente verlas en detalle, pero al concentrarse y hacer foco el color se diluye y al fin el tizne es un borrón que no estaba allí. O se corrió algunos centímetros, lo mejor es dejarlas que se acomoden donde mas les guste.
Esas pequeñas incrustaciones de cera sobre la tela son infaltables velas apagadas a destiempo.
Al costado del plato de sitio, sin dudas se ubica la servilleta con el aliento de la despedida. Tiene en el borde un monograma con el nombre que es doloroso recordar.
Si decidimos hacer la de olvidos es muy útil tener en cuanta que los ingredientes principales son los rincones. Hay que buscarlos, no se consiguen en cualquier mercado.
Los comerciantes obtusos, los que no quieren cambiar son poseedores de varios miles de rincones en ángulo.
Están los curvos, pero hay que tener cuidado de no perderse en ellos porque a veces se pasan de húmedos, mullidos y en apariencia acogedores.
Las puertas que se cierran de un portazo le dan un sabor agreste, casi violento. Es sólo para paladares acostumbrados.
Sin embargo hay ingredientes que se tiran en picada dentro de la cazuela. Son suicidas. Al caer se lastiman y se dejan la herida como una insignia. Si uno los sabe parar a tiempo, sin excederse en la cantidad necesaria, le incorporan a la preparación un dejo romántico y enamoradizo que le va muy bien.
La cazuela se sirve en mantel blanco y con las sillas vacías. Los comensales no le sientan a este manjar.
Para mejor presentación del plato se desparraman azarosamente sobre la mesa algunas manchas indelebles de un pasado incierto. Puede suceder que uno intente verlas en detalle, pero al concentrarse y hacer foco el color se diluye y al fin el tizne es un borrón que no estaba allí. O se corrió algunos centímetros, lo mejor es dejarlas que se acomoden donde mas les guste.
Esas pequeñas incrustaciones de cera sobre la tela son infaltables velas apagadas a destiempo.
Al costado del plato de sitio, sin dudas se ubica la servilleta con el aliento de la despedida. Tiene en el borde un monograma con el nombre que es doloroso recordar.
sábado, 18 de julio de 2009
Tumio
Tumio era escalèctrico. También figurìtico, cuartiquèmico, manchico, en fin, lúdico.
Era un animal de la calle. Hacía fumar a los escuerzos, pinchaba sapos, cazaba mariposas, bajaba pájaros a pedradas, aplastaba insectos.
Un día fue sólo al campito. Le divertía buscar cosas extrañas y después mostrárnoslas. O quedarse solo, como un alquimista, a pensar nuevas fórmulas.
Descubrió un animal muerto. Era un caballo, o un perro, o una cebra, o un gorila. No se sabía bien porque estaba muy hinchado. Tumio lo pincho con una vara. Y le saltaron los jugos a la cara y luego al resto del cuerpo, lo empaparon, lo embebieron.
Nadie lo socorrió, él era impecable para desaparecer. Ni Dios se dio cuenta de lo que estaba pasando. Después se enfermó y después se murió.
Fue el primero en el mundo.
Inauguró esto de que un niño se pueda morir. Fue una sorpresa para todos, la muerte era un territorio reservado para los viejos. Tumio era muy creativo, él inventó la muerte de niño.
Fue un funeral de dormitorio. Y de comedor. No había salones para velar gente y menos niños.
De negro riguroso para todo el mundo. Multitudinario en las calles de tierra.
Con ancianas llorando a un casi desconocido, sentadas en sillas de paja haciendo fila en los zaguanes de las veredas de cada casa, cuchicheando en dialecto, conmovidas por la novedad de una fiesta confusa entre la risa y el llanto, un llanto que daba vergüenza no llorar.
Nosotros quedamos desamparados de música, de radio, de risas y de juegos por diez días. Diez días eternos, que esperábamos terminen antes de que termine nuestra niñez.
Por diez días fuimos una banda de juegos no jugados y de brazalete negro.
El luto en el brazo solo nos permitía hablar. Contar la historia de Tumio: de cómo dudábamos de que sea bien recibido en el cielo, de cómo lo mataron los padres que no se ocupaban de él, de lo extraño que era, de cómo se metió dentro del caballo para explorarlo, de las convulsiones, de las verdades que develó traspirado en fiebre, de los otros que estaban con él y lo abandonaron, de la piedra con que se golpeó la cabeza, de su carne podrida por los jugos.
Desapareció el campito, las mariposas, el barro de las calles, los días a la bartola.
Tumio resistió. Lleva más de cuarenta años como el niño muerto y todavía no lo podemos enterrar.
Era un animal de la calle. Hacía fumar a los escuerzos, pinchaba sapos, cazaba mariposas, bajaba pájaros a pedradas, aplastaba insectos.
Un día fue sólo al campito. Le divertía buscar cosas extrañas y después mostrárnoslas. O quedarse solo, como un alquimista, a pensar nuevas fórmulas.
Descubrió un animal muerto. Era un caballo, o un perro, o una cebra, o un gorila. No se sabía bien porque estaba muy hinchado. Tumio lo pincho con una vara. Y le saltaron los jugos a la cara y luego al resto del cuerpo, lo empaparon, lo embebieron.
Nadie lo socorrió, él era impecable para desaparecer. Ni Dios se dio cuenta de lo que estaba pasando. Después se enfermó y después se murió.
Fue el primero en el mundo.
Inauguró esto de que un niño se pueda morir. Fue una sorpresa para todos, la muerte era un territorio reservado para los viejos. Tumio era muy creativo, él inventó la muerte de niño.
Fue un funeral de dormitorio. Y de comedor. No había salones para velar gente y menos niños.
De negro riguroso para todo el mundo. Multitudinario en las calles de tierra.
Con ancianas llorando a un casi desconocido, sentadas en sillas de paja haciendo fila en los zaguanes de las veredas de cada casa, cuchicheando en dialecto, conmovidas por la novedad de una fiesta confusa entre la risa y el llanto, un llanto que daba vergüenza no llorar.
Nosotros quedamos desamparados de música, de radio, de risas y de juegos por diez días. Diez días eternos, que esperábamos terminen antes de que termine nuestra niñez.
Por diez días fuimos una banda de juegos no jugados y de brazalete negro.
El luto en el brazo solo nos permitía hablar. Contar la historia de Tumio: de cómo dudábamos de que sea bien recibido en el cielo, de cómo lo mataron los padres que no se ocupaban de él, de lo extraño que era, de cómo se metió dentro del caballo para explorarlo, de las convulsiones, de las verdades que develó traspirado en fiebre, de los otros que estaban con él y lo abandonaron, de la piedra con que se golpeó la cabeza, de su carne podrida por los jugos.
Desapareció el campito, las mariposas, el barro de las calles, los días a la bartola.
Tumio resistió. Lleva más de cuarenta años como el niño muerto y todavía no lo podemos enterrar.
sábado, 4 de julio de 2009
El rugido
A las 20:18 PM quedé ciego.
Se desplomó el ramillete de mis manos. Perdí el control. Hubiera querido volar pero no había viento. La quietud me produjo nauseas.
Estaba sólo, nunca nos habíamos separado.
Fue entonces cuando las pezuñas rasgaron el polvo, las fieras rugieron, los desconocidos me amenazaron y no supe como defenderme.
Definitivamente me había abandonado, lo leí en el informe. Lo confirmó mi piel insensible, mis líquidos secos y el aire ausente.
Si se hubiera quedado no me molestarían las estacas en mis manos. No tendría porque introducirme en esta grieta amenazante a buscar algo perdido sin saber que.
Se iría el sabor agrio de mis fauces, no lamería las heridas.
Me recuperaría, volvería a sentir los estigmas. No añoraría el origen.
Si se hubiera quedado junto a mi, no le daría el beso al loco agazapado en los confines de la caverna, ni lo absolvería eternamente.
No sentiría la dulce melodía infantil como un zumbido constante.
No repetiría esta oración entrañable.
No la llamaría con un rugido hasta el fin del universo: Puta, mil veces puta.
Se desplomó el ramillete de mis manos. Perdí el control. Hubiera querido volar pero no había viento. La quietud me produjo nauseas.
Estaba sólo, nunca nos habíamos separado.
Fue entonces cuando las pezuñas rasgaron el polvo, las fieras rugieron, los desconocidos me amenazaron y no supe como defenderme.
Definitivamente me había abandonado, lo leí en el informe. Lo confirmó mi piel insensible, mis líquidos secos y el aire ausente.
Si se hubiera quedado no me molestarían las estacas en mis manos. No tendría porque introducirme en esta grieta amenazante a buscar algo perdido sin saber que.
Se iría el sabor agrio de mis fauces, no lamería las heridas.
Me recuperaría, volvería a sentir los estigmas. No añoraría el origen.
Si se hubiera quedado junto a mi, no le daría el beso al loco agazapado en los confines de la caverna, ni lo absolvería eternamente.
No sentiría la dulce melodía infantil como un zumbido constante.
No repetiría esta oración entrañable.
No la llamaría con un rugido hasta el fin del universo: Puta, mil veces puta.
domingo, 7 de junio de 2009
Perros de playa
Todos sabemos que el perro de playa tiene más energía que el que no es de playa. A simple vista parece un poseso. Ve enemigos en la espuma de mar, en el movimiento de las olas, en la arena que vuela con el viento y en todos los pequeños animalitos que se desplazan rápido y se ocultan más rápido aún. Etcétera. No tiene objetivos claros, ladra y dentellea incansable hacia un lado y hacia el otro. No se sabe claramente si se divierte o sufre. Cualquiera sea el caso su actitud es alterada y nerviosa. Etcétera.
Se puede tratar de direccionar ese tremendo caudal de energía proponiéndole algún objetivo. Debe ser simple y comprensible inmediatamente, ya que no se logra que los individuos de esta especie mantengan la atención más de unos segundos.
González era un ejemplar típico. Su patrón fue a la Playa con la firme intención de apoltronarse sobre la reposera sin mover un dedo. Claramente los miembros de la pareja tenían intenciones antagónicas. El perro no paraba de correr, ladrar y moverse como un espástico. Etcétera. Esto se acentuaba cuando era inundado por el agua salada. En ese momento se transformaba en una especie de lombriz en un happening frenético saturada de psicofármacos.
Don Tito llevó la pelotita de goma como antídoto. Pensó que si se la tiraba muy lejos tendría unos minutos de paz mientras González iba a buscarla y se la traía hasta su regazo. Y así fue durante más de dos horas.
La secuencia era la siguiente: Con el brazo derecho lanzaba la pelotita con la mayor fuerza posible, intentando no pegarle a nadie, cosa que en general lograba. Luego la dicha de unas respiraciones profundas, jadeos y hasta pequeños ronquidos. Por último un súbito volver a la realidad de un almohadonzazo peludo, húmedo y babozo. Etcétera.
Cuando ya había decido regresar al departamentito para ver si la patrona le daba algo de comer, González regresó con dos objetos en el hocico. Una era la pelotita bicolor y el otro, de lejos, parecía una ramita seca seguramente de algún tamarindo de las dunas que separaban la playa de la avenida.
A medida que el perro se acercaba, Don Tito fue viendo al objeto desconocido de un color claro y con la punta carmesí. Cuando el perro se lo entregó pudo comprobar que estaba dividido en tres secciones similares y si no recordaba mal, los nombres de cada una eran: falange, falangina y falangeta.
Ni siquiera había tenido el tiempo suficiente de terminar de observarlo cunado fue increpado a los gritos por la dueña del apéndice.
- su perro me arranco el índice – dijo señalando a González con la otra mano, o mejor dicho con la única que poseía el dedo correcto para señalar.
El perro estaba feliz, por fin tenía muchas personas con las que jugar. Los demás bañistas también.
Parecía que iba a ser otra aburrida mañana playera. Por fin pasaba algo distinto al monótono grito de los vendedores ambulantes, los inconclusos castillos de arena, el campeonato de tejo y los mates lavados.
- Señora, el sólo estaba jugando, no sabe lo que hace ¿Por qué no se lo pega con la gotita? – intentó con poco éxito Don Tito.
- ¿Usted me está cargando? ¿no sabe que el dueño tiene que controlar a los animales? Está prohibido ingresar al balneario con mascotas-
- ¿Dónde dice? Yo no vi ningún cartel –
- ¿Tiene seguro? Porque este dedo me lo va a tener que pagar, si no prepárese porque esto le va a costar un ojo de la cara- Sentenció la amputada.
Mientras González intentaba darle la pelotita a alguno de los muchos espectadores, a los que él ya consideraba su público.
Poco a poco la gente fue cambiando de bando, al principio todos estaban indignados con la fea actitud del perro y con la irresponsabilidad de su dueño. Pero como dicen en el cine nunca actúes con niños ni con perros porque deslucen al protagonista. Etcétera.
Y González a fuerza de tesón y simpatía se los fue ganando. A tal punto que varios le sugirieron a la anciana que la cosa no era para tanto y que en cualquier clínica de la zona se lo pegaban en un santiamén.
Los muchos anónimos comenzaron a aplaudir, seguramente se perdió un niño o el bañero rescató a algún intrépido que se aventuró más allá de sus posibilidades. Pasó el barquillero y una nube robó unos minutos de bronceado. Etcétera.
Las olas imponían su fuerte presencia tan rápidamente como se desvanecían. En los balnearios nada perdura. Se pasa en un abrir y cerrar de ojos de una solitaria ciudad fantasma al bullicio de la metrópoli en pantalón corto.
Y sin darse cuenta nuevamente al frío de la soledad y la tensión de la espera.
Cuando el balneario se apaga, los perros de playa dejan de serlo, mutan a perros de ciudad: gordinflones, dormilones, rutinarios. Etcétera.
Se puede tratar de direccionar ese tremendo caudal de energía proponiéndole algún objetivo. Debe ser simple y comprensible inmediatamente, ya que no se logra que los individuos de esta especie mantengan la atención más de unos segundos.
González era un ejemplar típico. Su patrón fue a la Playa con la firme intención de apoltronarse sobre la reposera sin mover un dedo. Claramente los miembros de la pareja tenían intenciones antagónicas. El perro no paraba de correr, ladrar y moverse como un espástico. Etcétera. Esto se acentuaba cuando era inundado por el agua salada. En ese momento se transformaba en una especie de lombriz en un happening frenético saturada de psicofármacos.
Don Tito llevó la pelotita de goma como antídoto. Pensó que si se la tiraba muy lejos tendría unos minutos de paz mientras González iba a buscarla y se la traía hasta su regazo. Y así fue durante más de dos horas.
La secuencia era la siguiente: Con el brazo derecho lanzaba la pelotita con la mayor fuerza posible, intentando no pegarle a nadie, cosa que en general lograba. Luego la dicha de unas respiraciones profundas, jadeos y hasta pequeños ronquidos. Por último un súbito volver a la realidad de un almohadonzazo peludo, húmedo y babozo. Etcétera.
Cuando ya había decido regresar al departamentito para ver si la patrona le daba algo de comer, González regresó con dos objetos en el hocico. Una era la pelotita bicolor y el otro, de lejos, parecía una ramita seca seguramente de algún tamarindo de las dunas que separaban la playa de la avenida.
A medida que el perro se acercaba, Don Tito fue viendo al objeto desconocido de un color claro y con la punta carmesí. Cuando el perro se lo entregó pudo comprobar que estaba dividido en tres secciones similares y si no recordaba mal, los nombres de cada una eran: falange, falangina y falangeta.
Ni siquiera había tenido el tiempo suficiente de terminar de observarlo cunado fue increpado a los gritos por la dueña del apéndice.
- su perro me arranco el índice – dijo señalando a González con la otra mano, o mejor dicho con la única que poseía el dedo correcto para señalar.
El perro estaba feliz, por fin tenía muchas personas con las que jugar. Los demás bañistas también.
Parecía que iba a ser otra aburrida mañana playera. Por fin pasaba algo distinto al monótono grito de los vendedores ambulantes, los inconclusos castillos de arena, el campeonato de tejo y los mates lavados.
- Señora, el sólo estaba jugando, no sabe lo que hace ¿Por qué no se lo pega con la gotita? – intentó con poco éxito Don Tito.
- ¿Usted me está cargando? ¿no sabe que el dueño tiene que controlar a los animales? Está prohibido ingresar al balneario con mascotas-
- ¿Dónde dice? Yo no vi ningún cartel –
- ¿Tiene seguro? Porque este dedo me lo va a tener que pagar, si no prepárese porque esto le va a costar un ojo de la cara- Sentenció la amputada.
Mientras González intentaba darle la pelotita a alguno de los muchos espectadores, a los que él ya consideraba su público.
Poco a poco la gente fue cambiando de bando, al principio todos estaban indignados con la fea actitud del perro y con la irresponsabilidad de su dueño. Pero como dicen en el cine nunca actúes con niños ni con perros porque deslucen al protagonista. Etcétera.
Y González a fuerza de tesón y simpatía se los fue ganando. A tal punto que varios le sugirieron a la anciana que la cosa no era para tanto y que en cualquier clínica de la zona se lo pegaban en un santiamén.
Los muchos anónimos comenzaron a aplaudir, seguramente se perdió un niño o el bañero rescató a algún intrépido que se aventuró más allá de sus posibilidades. Pasó el barquillero y una nube robó unos minutos de bronceado. Etcétera.
Las olas imponían su fuerte presencia tan rápidamente como se desvanecían. En los balnearios nada perdura. Se pasa en un abrir y cerrar de ojos de una solitaria ciudad fantasma al bullicio de la metrópoli en pantalón corto.
Y sin darse cuenta nuevamente al frío de la soledad y la tensión de la espera.
Cuando el balneario se apaga, los perros de playa dejan de serlo, mutan a perros de ciudad: gordinflones, dormilones, rutinarios. Etcétera.
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