martes, 18 de agosto de 2009

Zarza

Aun recuerda las mañanas desoladas y los pimpollos marchitos. El puño de acero estrujando su estómago vacío. Los días idénticos en la recepción de la escribanía. Los atardeceres de TV y las noches agónicas.
Lila germinaba lento. Las oleadas de vida se desplazaran en puntas de pie y sin hacer ruido cuando pasaban por ella. Pero también la muerte se tomaba su tiempo.
Se acomodó entre aquellos que flotan por siempre sin echar raíces, sin rozar nada. Y se sentía sola, como un fruto seco, rodeada de musgo.
A él lo olió mustio en la vereda. Sintió que su misión era salvarlo.
Era un mosquetero de aguaceros e inclemencia. Se movía lento en la coraza de latas de dulce de membrillo que cubría sus harapos, tan sucia y oxidada como su cuerpo.
No necesitaba de nadie, sólo las monedas distraídas de los transeúntes.
Lo nutría el Paseo Colón. Y también lo guarecía entre sus extensas recovas. Se contentaba con el calor del sol sobre sus nervaduras, las gotas corriendo por la corteza y el tiempo de ser. No le hacían falta las palabras ni los significados ni las caricias ni el deseo.
Lila le regaló un alfajor y el roce de sus yemas. El palpitó con alguien del otro lado de su mundo.
Y se fueron incorporando mutuamente.
Ella aún recuerda cuando tomaba el desayuno, regaba los malvones, se subía al colectivo y le alcanzaba un pastelito. Se sentía fecunda con la esperanza de la polinización en el viento.
Se imaginó plagada de yemas de renuevo, con sus racimos de flores en péndulo.
Su mosquetero la aguardaba con sed de roció. Gota a gota la dureza de su baya fue madurando.
Para el tiempo de la cosecha, Lila lo llevó a su jardín. Rompió su caparazón de hojalata y lo limpió.
Nunca hubo dudas, él la salvó. Ella se lo agradeció.
Cogieron hasta que se les gastó la piel. Sospecharon que una brisa de amor circuló por sus tallos primitivos.
Pero los mosqueteros no se llevan con las simbiosis de invernadero. Y nunca le prosperó el intento de almacigo lejano.
Ella lo enterró en lo profundo. Lo envainó.
Transformó sus pies de aserrín en barro. Ató sus zarzas a las guías y lo orientó hacia los rayos de luz. Lo condenó a las acequias de 6 a 7 y de 11 a 12. Extendió sus esquejes para que las yemas prosperen.
El fruto maduro se pasó. A la hora de la cosecha las moscas lo aprovecharon.
A él se le transformaron las nervaduras en hilachas. Espantaron cuervos y trigales.
Lila, en la jaula estéril, aun recuerda el vuelo de las esporas…

2 comentarios:

  1. Todas somos Lila, en algun momento, y lo esteril pasa por nosotras. El tema es que a veces se queda. Y uds son mosqueteros y se les hilachan las nervaduras y alguien les ata a las guias.

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  2. Donde fue el escarabajo ???. El escarabajo estercolero tiene toda mi simpatia

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Se donde viven