Leda giró melodías de violoncello. El se sintió fértil como un dios. Le acarició el ombligo y le masajeò el vientre como quien recorre un globo terráqueo buscando alguna ciudad imaginaria donde los tres vivirían felices. Apoyó la cabeza en el abdomen y escuchó la vida cálida, sencilla, gloriosa. Sintió envidia.
Se adormeció con la cabeza recostada en los hombros de la esposa.
Quiso despegar los párpados y sólo vio oscuridad. Palpó paredes viscosas, tocó sus ojos cocidos, nadó.
Nadó sin avanzar, sin respirar, sólo enroscarse y estirarse. Se vio pequeño y débil. Succionó el pulgar de la mano derecha para conjurar un pánico innecesario. Entonces se sintió pleno, completo, sin hambre ni sed.
Había otro a su lado, otro igual al él. Un incompleto, encerrado en una membrana traslúcida, en un huevo. Lo vio enroscado sobre si mismo, con la lengua quebrada saliendo de la comisura de sus labios. Nadando.
Fueron marinos sin lunas ni faros. Y furiosos guerreros si urgía la ocasión, dispuestos a matar por ocupar un lugar.
Inmóviles avanzaban por el mismo túnel, sombrío y húmedo.
El otro lo completaba y se le oponía a la vez. Olisqueó un posible futuro compartido, de pezones disputados, de juegos y tareas, de fiebres de uno y anginas del otro. De coscorrones a escondidas, sin que mamà los vea. De caricias y pellizcos deliciosamente justos para uno y terriblemente crueles para el otro. Dos contra el mundo pero unidos por el odio.
No hay padre sin hijo. El hijo viene por la corona y el padre jamás puede abdicar. ¿Por qué dividir el reino? ¿Por qué compartir el pecho abundante de leche y miel?
Se angostó el camino, la fuerza por seguir se hizo irrefrenable. No hay lugar para dos en el edén.
Colocó el cordón en el cuello del otro. Luego enroscó el otro extremo del cordòn a su pequeño pie y tiro con fuerzas.
En el firmamento titiló dudosa la constelación de los gemelos. Nadie pudo ponerle palabras al silencio. Nadie pudo contar la historia del ausente, del que no pudo ser.
martes 5 de enero de 2010
domingo 3 de enero de 2010
¿Por què?
No era remolón, ni le fastidiaba su forma de vivir. No estaba deprimido ni en crisis. Simplemente sintió que lo que le pudiera pasar durante el día, no le interesaba. Por eso no se vistió, ni se cepillò los dientes, ni desayunó. Se quedó mirando por la ventana. Miró y miró y sólo se vio a si mismo.
Había un mendigo en la vereda, lo hizo pasar. Le dio un pantalón de vestir, era nuevo. También su camisa y la corbata. Lo hizo lavar y afeitar. Le indicó donde quedaba el trabajo, que colectivo tenía que tomar, donde bajarse. Le dio las monedas y los documentos. Le entregó solemnemente su nombre: “Carlos”. En reemplazo obtuvo un nombre santo. Le encomendó que a su regreso comprara el pan y unos jazmines para Ofelia. Y que le acariciara las orejas, eso la hacía feliz.
Le agradeció al mendigo su predisposición a reemplazarlo en el juego de la vida. Le agradeció también que acepte jugar su muerte. Vio como todo era un juego, pero ahora él estaba fuera.
Caminó desnudo por el parque y a cada paso se sentía más sutil. Su campo magnético vibró intensamente, se sintió luminoso.
Cuando ya había sobrepasado los techos de las casas, un ángel le asestó una ráfaga de ametralladora en el pecho. Ya estaba cubierto el cupo de los “Franciscos” en el paraíso.
Había un mendigo en la vereda, lo hizo pasar. Le dio un pantalón de vestir, era nuevo. También su camisa y la corbata. Lo hizo lavar y afeitar. Le indicó donde quedaba el trabajo, que colectivo tenía que tomar, donde bajarse. Le dio las monedas y los documentos. Le entregó solemnemente su nombre: “Carlos”. En reemplazo obtuvo un nombre santo. Le encomendó que a su regreso comprara el pan y unos jazmines para Ofelia. Y que le acariciara las orejas, eso la hacía feliz.
Le agradeció al mendigo su predisposición a reemplazarlo en el juego de la vida. Le agradeció también que acepte jugar su muerte. Vio como todo era un juego, pero ahora él estaba fuera.
Caminó desnudo por el parque y a cada paso se sentía más sutil. Su campo magnético vibró intensamente, se sintió luminoso.
Cuando ya había sobrepasado los techos de las casas, un ángel le asestó una ráfaga de ametralladora en el pecho. Ya estaba cubierto el cupo de los “Franciscos” en el paraíso.
Ulises
Ulises, el escarabajo, cantaba canciones patrias. Era el mas feo de los alumnos, por eso trataba de aprender rápido. Feo y burro hubiera sido una calamidad.
Iba por el camino de regreso a casa entre “vuelos triunfales y águilas guerreras” cuando una bola de ramas a toda velocidad se lo llevó por delante.
- Ey ¿Qué hacès? Soltame que tengo que volver a casa – reclamó Ulises.
- No puedo, tengo estas hojitas con serruchito que se pegan a todo – se disculpó la enramada.
- Mi mamà me va a matar.
Empujados por el viento rodaron por la ladera de la montaña, cuesta abajo. La velocidad dejó mudo a Ulises. Se puso de un color marroncito claro. Es lo máximo que se pueden aclarar los escarabajos cuando se ponen pálidos.
Ulises “el aplicado” jamás se desviaba del camino, por eso no conocía esta parte de la montaña. No había visto el brillo de los trigales ni las aspas del molino. Ni lo bochinchera que es el agua del río cuando corre.
El pequeño escarabajo seguía con su padre las carreras de Fórmula 1 por TV. Muchas veces se metía en una cajita de fósforos y manejaba a toda velocidad. Casi siempre cruzaba el disco primero. Parecía que su sueño se había hecho realidad, aunque no estaba muy seguro de estar disfrutando. Sentía una mezcla de miedo y espíritu de aventura.
El asunto se complicó cuando cayeron al precipicio por el barranco. El fórmula 1 se transformó en aeroplano. Sintió que el estómago se le salía del caparazón y que las antenas le vibraban enloquecidas.
Agarrados el uno al otro sintieron el golpe que los sumergió en el rió. Antes de que el ahogo diga “muerto” volvieron a flotar. La corriente los hizo girar. En cada vuelta, Ulises se hundía y salía; se hundía y salía. Las primeras veces tosió agua, pero después se acostumbró. Y hasta esperaba con ciertas ansias la oportunidad de volver a sumergirse y sentir las cosquillas de los renacuajos rozando sus patas.
- Una prima mía, una vez se prendió a un chicle masticado y nunca más se separaron – Sentenció el ovillo de ramas.
El comentario preocupó mucho a Ulises. ¿Cómo iba a comer y a dormir enroscado aquí dentro? Pensó que su mamà debía estar preocupada, quizá nunca más la volvería a ver.
El tronco de un árbol caído sobre el río les detuvo la marcha. Del golpe Ulises salto a la orilla. No estaba dentro del ovillo. Se quedó un ratito respirando fuerte y secándose al sol. En el fondo se divirtió bastante y nunca había tenido una amiga tan cercana con quien jugar.
- ¿Nos vemos mañana a la salida del Cole? – Le preguntó Ulises a su nueva amiga.
Iba por el camino de regreso a casa entre “vuelos triunfales y águilas guerreras” cuando una bola de ramas a toda velocidad se lo llevó por delante.
- Ey ¿Qué hacès? Soltame que tengo que volver a casa – reclamó Ulises.
- No puedo, tengo estas hojitas con serruchito que se pegan a todo – se disculpó la enramada.
- Mi mamà me va a matar.
Empujados por el viento rodaron por la ladera de la montaña, cuesta abajo. La velocidad dejó mudo a Ulises. Se puso de un color marroncito claro. Es lo máximo que se pueden aclarar los escarabajos cuando se ponen pálidos.
Ulises “el aplicado” jamás se desviaba del camino, por eso no conocía esta parte de la montaña. No había visto el brillo de los trigales ni las aspas del molino. Ni lo bochinchera que es el agua del río cuando corre.
El pequeño escarabajo seguía con su padre las carreras de Fórmula 1 por TV. Muchas veces se metía en una cajita de fósforos y manejaba a toda velocidad. Casi siempre cruzaba el disco primero. Parecía que su sueño se había hecho realidad, aunque no estaba muy seguro de estar disfrutando. Sentía una mezcla de miedo y espíritu de aventura.
El asunto se complicó cuando cayeron al precipicio por el barranco. El fórmula 1 se transformó en aeroplano. Sintió que el estómago se le salía del caparazón y que las antenas le vibraban enloquecidas.
Agarrados el uno al otro sintieron el golpe que los sumergió en el rió. Antes de que el ahogo diga “muerto” volvieron a flotar. La corriente los hizo girar. En cada vuelta, Ulises se hundía y salía; se hundía y salía. Las primeras veces tosió agua, pero después se acostumbró. Y hasta esperaba con ciertas ansias la oportunidad de volver a sumergirse y sentir las cosquillas de los renacuajos rozando sus patas.
- Una prima mía, una vez se prendió a un chicle masticado y nunca más se separaron – Sentenció el ovillo de ramas.
El comentario preocupó mucho a Ulises. ¿Cómo iba a comer y a dormir enroscado aquí dentro? Pensó que su mamà debía estar preocupada, quizá nunca más la volvería a ver.
El tronco de un árbol caído sobre el río les detuvo la marcha. Del golpe Ulises salto a la orilla. No estaba dentro del ovillo. Se quedó un ratito respirando fuerte y secándose al sol. En el fondo se divirtió bastante y nunca había tenido una amiga tan cercana con quien jugar.
- ¿Nos vemos mañana a la salida del Cole? – Le preguntó Ulises a su nueva amiga.
jueves 10 de diciembre de 2009
Mama ¿Quién me mató?
A la hija de Romina
Quería que me prestes la pepona y saltar juntas a la soga, repartir las estampitas de la primera comunión, ir caminado por la quebrada hasta la escuela, pasar los dedos por los rulos de la vicuña y hacernos cosquillas.
Me tocó navegar con tajos de no querida, en una embarcación de cartón mojado por cloacas sin mareas. No el cajoncito blanco de muerte inocente, ese está reservado para las que hacen las cosas como dios manda.
Algunas lloran en el primer suspiro, yo no pude llorar el desprecio de tu cuchillo en mi carne.
No soporto verte triste, encerrada en los barrotes de dedos índices que se entrecruzan, prontos a señalar tu vientre ensombrecido. Dedos que escriben en tu frente “agravado por el vínculo”. Que señalan, pulcros, de piel pulcra, de piel que no palpa, que no se mete. Ciegos como la maestra que no te enseñó a defenderte, ni te dijo que el pene y la vagina son iguales cuando eligen. Que no hay sexos débiles ni fuertes, ni buen nombre, ni imagen lavada. Que no sos de vida fácil, porque la vida no es fácil.
No quiero verte ausente como las blancas enfermeras de fórceps ilegales.
No recorras los oscuros purgatorios. Oscuros como los gordos pontífices que te absuelven mientras declaman con absoluta certeza que mi alma se metió en tu cuerpo a golpes de esperma violento. A golpes de padre embustero, de padre impune por falta de pruebas. Las que no aportaste, las del goce no consentido. Que no aportaste para que no desguacen tu intimidad en mil doscientas fojas sin una santa palabra.
No mires la luz mentirosa del cirio que encienden las señoras los domingos de mantilla, que pagan primera fila del teatro celeste.
No necesitàs este limbo de rayuela eterna, dibujada en el piso de la sala de espera. Con la mano inmóvil arrojando ángeles insulsos a la casa seis, condenada a no ser. Dándome las narices contra las puertas del cielo de tiza que se esfuman cuando me acerco.
Y no paso ni me quedo.
Mamà no me pidas perdón eterno, porque si lo hacès estaré naciendo… y muriendo…
Siempre
Quería que me prestes la pepona y saltar juntas a la soga, repartir las estampitas de la primera comunión, ir caminado por la quebrada hasta la escuela, pasar los dedos por los rulos de la vicuña y hacernos cosquillas.
Me tocó navegar con tajos de no querida, en una embarcación de cartón mojado por cloacas sin mareas. No el cajoncito blanco de muerte inocente, ese está reservado para las que hacen las cosas como dios manda.
Algunas lloran en el primer suspiro, yo no pude llorar el desprecio de tu cuchillo en mi carne.
No soporto verte triste, encerrada en los barrotes de dedos índices que se entrecruzan, prontos a señalar tu vientre ensombrecido. Dedos que escriben en tu frente “agravado por el vínculo”. Que señalan, pulcros, de piel pulcra, de piel que no palpa, que no se mete. Ciegos como la maestra que no te enseñó a defenderte, ni te dijo que el pene y la vagina son iguales cuando eligen. Que no hay sexos débiles ni fuertes, ni buen nombre, ni imagen lavada. Que no sos de vida fácil, porque la vida no es fácil.
No quiero verte ausente como las blancas enfermeras de fórceps ilegales.
No recorras los oscuros purgatorios. Oscuros como los gordos pontífices que te absuelven mientras declaman con absoluta certeza que mi alma se metió en tu cuerpo a golpes de esperma violento. A golpes de padre embustero, de padre impune por falta de pruebas. Las que no aportaste, las del goce no consentido. Que no aportaste para que no desguacen tu intimidad en mil doscientas fojas sin una santa palabra.
No mires la luz mentirosa del cirio que encienden las señoras los domingos de mantilla, que pagan primera fila del teatro celeste.
No necesitàs este limbo de rayuela eterna, dibujada en el piso de la sala de espera. Con la mano inmóvil arrojando ángeles insulsos a la casa seis, condenada a no ser. Dándome las narices contra las puertas del cielo de tiza que se esfuman cuando me acerco.
Y no paso ni me quedo.
Mamà no me pidas perdón eterno, porque si lo hacès estaré naciendo… y muriendo…
Siempre
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La santa y la pierna

Dedicado a AnaGyS
No era su primera caída. Si hasta podría narrar su vida usando como nudos a las caídas. Amalia siempre se levantaba y salía fortalecida. Sus músculos eran fuertes, tanto como su templanza. Atribuía su costumbre de besar el polvo a su pierna derecha. Ella, la derecha, decidía su propio norte sin escuchar al resto.
Cada vez que sus quehaceres se lo permitían Amalia ensoñaba, amaba más que ninguna, se atrevía. Se conmocionaba con un abrazo intenso, con los claroscuros del bosque y las melodías sutiles. Por eso pensaba que no hay mal que por bien no venga, quizá su pierna le servia de ancla.
Recordaba tanto aquella primera vez. Aquella cuando caminaba por el sendero a sabiendas de que por allí pasaría él. Pensaba en sus labios y en ella, en sus miembros fuertes rozándola, en la mirada oscura de cejas varoniles escudriñando sus ojos. Se iban a cruzar y quizá le dirija la palabra… pero se cayó. Recuerda también como se le pusieron las orejas rojas y sordas; y como escapó en un galope ciego. A los amores que no fueron los envuelve un aura de “toda gloria posible”. Una gloria simple, cotidiana que sintió haber perdido.
La pierna tenía su itinerario prefijado: la llevó a los bailes de casaderas; la obligó a un “si” a desgano; avanzó dos pasos y retrocedió uno hasta completar juntas el camino desde la puerta al altar; la amarró por las tardes a la silla de paja, a pelar las papas y las habas, a coser y a tejer.
Amalia escuchaba las historias de las otras, historias de los niños de las otras, niños que imaginó coronaban los amores logrados, no como el de ella: los primeros balbuceos; la caída de un diente; las convulsiones de risa hasta las lágrimas; los zapatos que se atan y se desatan y los pies descalzos y las gripes y la fiebre... Quiso levantarse y correr, no escuchar, chocar contra el viento. Su pierna no se lo permitió.
Amalia invocaba a Santa Ana para que la haga hábil con el dedal, para que la ayude a no pincharse y para que fertilice su vientre. Pero la santa tenía otros asuntos que atender.
Amalia y la pierna fueron compañeras hostiles, a tal punto que la mujer le inscribió, con paciencia, cada letra de las palabras enfermedad y amputación.
Esperaba la sierra del doctor cuando su pierna la empujó por última vez. Tirada sola a los pies de la camilla, sin una mano que la ayude, le pidió a la santa que la levante, un milagro que no figuraba en su catálogo.
Santa Ana sintió que era hora de cumplirle. Labró sobre el cuerpo de Amalia el comienzo de una historia de generaciones futuras. Como compensación, le hizo prometer que toda su prole femenina llevaría el nombre de Ana. También las hijas de sus hijas y así para siempre. Juntas inventaron la estirpe de las Anas.
Ana que invitó a su pierna y a su sombra a sumarse al juego. Ana que se cayó mil veces y no vio en ello un mal presagio. Ana que no llegó a fin de mes, pero algo inventó. Ana que emparchò rodillas y enjugó lagrimas. Ana que pintó broches sobre el cielo, tensó sogas y planchó sábanas. Ana que vio en el clítoris una puerta y la abrió. Ana que decidió sobre su vientre. Ana que amó y que desamó. Ana que gozó y sufrió. Ana con… Ana sin… Ana c…Ana x…Ana z…
miércoles 21 de octubre de 2009
Impresiones de una escena.
Es un parroquiano eterno, sentado a la mesa de un bar de almas tras migrantes.
Para los otros, él es uno. Pero está dividido en tres. Su cabeza flota oscilante a cierta distancia del cuerpo. Una distancia difícil de medir aunque usemos instrumentos de precisión.
Quiere ir tras ella.
Su torso no le permite merodear más allá. La cabeza yace apoyada en la palma de la mano derecha. La mano tiene la instrucción de no soltarla por nada del mundo. Si lo hiciera, como por error sucedió alguna vez, no podrá evitar las consecuencias.
Sus piernas no se descruzarán jamás, fueron doblegadas hace tiempo. Un tiempo en que los colores, las luces y las sombras anunciaban libertad. Odia la soledad, por eso sus pies no corren gloriosos tras las brisas del viento norte.
Teme perder el control, no reconocerse, enloquecer y…
Desparrama sus incertezas plegado en la silla, como un fuelle silenciado. Silenciado por la resignación de su ausencia. Ausencia que se percibe, clara, irrebatible.
El puño que lo condenó a esta eternidad inmóvil está ausente a simple vista. Para percibirlo hay que entrecerrar los ojos, pegar la lengua al paladar y respirar como un dios.
El piso del recinto es un tablero, blanco y negro. El parroquiano es la pieza dispuesta para la mano del jugador.
El jugador maneja la partida. Piensa, expectante, cual puede ser la movida del triunfo.
Hay un momento en el que nada es como debe ser. Se despliega por un instante la oportunidad de ser otro, de invertir los roles. Entonces y sólo entonces la palma se abre, la cabeza vuela tras ella,
El parroquiano toma la iniciativa, extiende la piel del jugador y la adhiere al bastidor. La piel picada como una galaxia. Infinitas galaxias donde cada poro es un universo, regado por venas hartas de cielo líquido, de circulación cansada.
El parroquiano juega a construir un mundo. Juega y decide. Para si se reservó el espacio del deseo.
Para los otros, él es uno. Pero está dividido en tres. Su cabeza flota oscilante a cierta distancia del cuerpo. Una distancia difícil de medir aunque usemos instrumentos de precisión.
Quiere ir tras ella.
Su torso no le permite merodear más allá. La cabeza yace apoyada en la palma de la mano derecha. La mano tiene la instrucción de no soltarla por nada del mundo. Si lo hiciera, como por error sucedió alguna vez, no podrá evitar las consecuencias.
Sus piernas no se descruzarán jamás, fueron doblegadas hace tiempo. Un tiempo en que los colores, las luces y las sombras anunciaban libertad. Odia la soledad, por eso sus pies no corren gloriosos tras las brisas del viento norte.
Teme perder el control, no reconocerse, enloquecer y…
Desparrama sus incertezas plegado en la silla, como un fuelle silenciado. Silenciado por la resignación de su ausencia. Ausencia que se percibe, clara, irrebatible.
El puño que lo condenó a esta eternidad inmóvil está ausente a simple vista. Para percibirlo hay que entrecerrar los ojos, pegar la lengua al paladar y respirar como un dios.
El piso del recinto es un tablero, blanco y negro. El parroquiano es la pieza dispuesta para la mano del jugador.
El jugador maneja la partida. Piensa, expectante, cual puede ser la movida del triunfo.
Hay un momento en el que nada es como debe ser. Se despliega por un instante la oportunidad de ser otro, de invertir los roles. Entonces y sólo entonces la palma se abre, la cabeza vuela tras ella,
El parroquiano toma la iniciativa, extiende la piel del jugador y la adhiere al bastidor. La piel picada como una galaxia. Infinitas galaxias donde cada poro es un universo, regado por venas hartas de cielo líquido, de circulación cansada.
El parroquiano juega a construir un mundo. Juega y decide. Para si se reservó el espacio del deseo.
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domingo 11 de octubre de 2009
Pacha
La sala del castillo oprime al caballero. Su armadura asfixiada quiere salir. Abre la puerta y vuelve a ingresar a la misma sala.
Ve a la anciana encorvada que se mece. Es antigua, es sabia de la tierra. La atraviesa con su espada.
Ella insiste en mecerse. Trae un reclamo de otro mundo, un abandono, una depredación. Le revolvieron las entrañas, le desacomodaron todo, le sacaron hijos.
Fue él, pero no lo recuerda. O recuerda que lo hizo porque fue necesario.
Ella teje y se mece. En la urdimbre aparecen los cuentos simples y eternos, legados de ancestros.
La anciana suma y multiplica los hilos para no equivocar el color, para no falsear la historia. La historia que habla de otra riqueza, de tesoros arrancados a arañazos, de su vejez ingenua, de la resignación sin remedio.
El caballero traspasa nuevamente la puerta. Vuelve a ingresar. Ella es débil pero lo retiene, no lo deja ir.
La armadura se va oxidando, sus movimientos se tornan lentos. No comprende, se aterroriza. Se empecina una y otra vez.
Ella enreda un hilo con otro, los peina, los cose puntada a puntada. Él, resignado abdica. La tejedora le acaricia los dedos tiernamente, los acerca a la maya, los teje. Transforma sus venas y su piel en lanzadera y los incluye en la urdimbre.
El lienzo y el caballero se confunden y se abrazan. Cierran la historia que pudo haber sido otra.
Firme como árbol añoso la anciana se hamaca en la mecedora vacía.
Ver mas relatos
Ve a la anciana encorvada que se mece. Es antigua, es sabia de la tierra. La atraviesa con su espada.
Ella insiste en mecerse. Trae un reclamo de otro mundo, un abandono, una depredación. Le revolvieron las entrañas, le desacomodaron todo, le sacaron hijos.
Fue él, pero no lo recuerda. O recuerda que lo hizo porque fue necesario.
Ella teje y se mece. En la urdimbre aparecen los cuentos simples y eternos, legados de ancestros.
La anciana suma y multiplica los hilos para no equivocar el color, para no falsear la historia. La historia que habla de otra riqueza, de tesoros arrancados a arañazos, de su vejez ingenua, de la resignación sin remedio.
El caballero traspasa nuevamente la puerta. Vuelve a ingresar. Ella es débil pero lo retiene, no lo deja ir.
La armadura se va oxidando, sus movimientos se tornan lentos. No comprende, se aterroriza. Se empecina una y otra vez.
Ella enreda un hilo con otro, los peina, los cose puntada a puntada. Él, resignado abdica. La tejedora le acaricia los dedos tiernamente, los acerca a la maya, los teje. Transforma sus venas y su piel en lanzadera y los incluye en la urdimbre.
El lienzo y el caballero se confunden y se abrazan. Cierran la historia que pudo haber sido otra.
Firme como árbol añoso la anciana se hamaca en la mecedora vacía.
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sábado 10 de octubre de 2009
Mal Debut
No sos un asesino, si ni te gusta cazar pajaritos. Ella te llevó, te llevó al túnel y no se veía nada.
Podías jugar en la vereda o en la plaza, pero no, tuviste que ir al caño porque del otro lado “hay un jardín hermoso”. Y ni sabes si es verdad. Te estaba mintiendo para que vayas con ella. Estaba todo oscuro y no se vía nada.
Llama a tu mama, quizá no esté muerta.
Tiene mucho pelo. Ves boludo, es un perro y esta mojado. Aquí hay unos zapatos ¿Dónde viste un perro con zapatos?
Sacala, llevala a la luz, me parece que sólo esta desmayada. Arrastrala aunque pese, total nadie te va a ver, por aquí no pasa nadie.
Fue ella la que te dijo que te bajes los pantalones y vos no querías y fue ella la que te empujó primero. Estaba loca.
No se porque siempre le haces caso, te tiene dominado. Ya se que huele como la piel de mama cuando riega las flores.
Respiraba fuerte, como un buey, como mamà y papà cuando están en la cama.
¿No será el linyera que vive aquí y te estas asustando al pedo?
Ella debe estar del otro lado en el jardín cagandose de risa. Ya había venido con otros pibes aquí. A todos les hace lo mismo, siempre quiere venir y si no la acompañas te llama cagon o nenita y claro eso a vos no te gusta, que te digan nenita como te dice ese hijo de puta de Tomás.
Te dije que no la beses, ¿Qué sabes vos de besar? Si no te sabes ni limpiar el culo. Ahora esta muerta ¿como le vas a explicar a la madre? ¿Le vas a decir que ella empezó primero?, ya no sos un bebe y esto es un asesinato. ¿Qué te costaba bajarte los pantalones?, se lo mostrabas y listo. ¿Qué te importa si Tomas tiene la pija más grande?, eso te hace recalentar y ella siempre se ríe de vos… Mejor que esta muerta así no la tenes que ver más.
No te pongas a llorar que es peor, te hubieras quedado en tu casa mirando la tele, pero no… te tenías que hacer el hombre.
¿Te creías que era verdad eso de que todos la habían tocado y vos no? ¿Ahora que vas a hacer? Salí del túnel, salí de esta oscuridad.
Podías jugar en la vereda o en la plaza, pero no, tuviste que ir al caño porque del otro lado “hay un jardín hermoso”. Y ni sabes si es verdad. Te estaba mintiendo para que vayas con ella. Estaba todo oscuro y no se vía nada.
Llama a tu mama, quizá no esté muerta.
Tiene mucho pelo. Ves boludo, es un perro y esta mojado. Aquí hay unos zapatos ¿Dónde viste un perro con zapatos?
Sacala, llevala a la luz, me parece que sólo esta desmayada. Arrastrala aunque pese, total nadie te va a ver, por aquí no pasa nadie.
Fue ella la que te dijo que te bajes los pantalones y vos no querías y fue ella la que te empujó primero. Estaba loca.
No se porque siempre le haces caso, te tiene dominado. Ya se que huele como la piel de mama cuando riega las flores.
Respiraba fuerte, como un buey, como mamà y papà cuando están en la cama.
¿No será el linyera que vive aquí y te estas asustando al pedo?
Ella debe estar del otro lado en el jardín cagandose de risa. Ya había venido con otros pibes aquí. A todos les hace lo mismo, siempre quiere venir y si no la acompañas te llama cagon o nenita y claro eso a vos no te gusta, que te digan nenita como te dice ese hijo de puta de Tomás.
Te dije que no la beses, ¿Qué sabes vos de besar? Si no te sabes ni limpiar el culo. Ahora esta muerta ¿como le vas a explicar a la madre? ¿Le vas a decir que ella empezó primero?, ya no sos un bebe y esto es un asesinato. ¿Qué te costaba bajarte los pantalones?, se lo mostrabas y listo. ¿Qué te importa si Tomas tiene la pija más grande?, eso te hace recalentar y ella siempre se ríe de vos… Mejor que esta muerta así no la tenes que ver más.
No te pongas a llorar que es peor, te hubieras quedado en tu casa mirando la tele, pero no… te tenías que hacer el hombre.
¿Te creías que era verdad eso de que todos la habían tocado y vos no? ¿Ahora que vas a hacer? Salí del túnel, salí de esta oscuridad.
jueves 1 de octubre de 2009
Nunca mas Gordo
Cada mañana me veo al espejo. El espejo pertenece a un sistema de objetos perpetrados para sumirnos en la ilusión. Nos acercan a la forma en igual medida que nos alejan de la esencia, de aquello que realmente somos. Si es que alguien tiene alguna remota idea de lo que somos.
En la zona central de mi cuerpo veo crecer día a día un universo estomacal. Se agregan continentes, mares, montañas y todo tipo de relieves en expansión. Esta situación se me hace difícil de sobrellevar, disminuye mi autoestima, me hace sentir la última mata de polvo en la galaxia.
Angustiado por la situación y para sacarme las culpas de encima, estoy en condiciones de asegurar que el culpable es que hizo el diseño de lo humano.
¿Por qué no hizo la abertura de la boca más pequeña y la del culo un poco más grande? ¿Por qué no intercambió las dimensiones?
Que lindo seria tener el agujero del ano grande y extensible como el de la boca. Basta de estreñimientos, laxantes, enemas, hemorroides, proctólogos sádicos y otras misceláneas que mejor ni nombrar.
Que bien nos vendría una boquita chiquita y fruncidita como un culete, comeríamos poco y todo bastante predigerido. No se necesitarían dietas, ni pastillas, ni tizanas, ni esos horrendos ejercicios facilísimos de hacer que promocionan por TV.
Con esta innovadora idea bastaría con un multiprocesador, un tazón y un sorbete. En lugar de llamar “todos a comer” diríamos “todos a chupar”.
Eso si, olvídense de la felatio, es sólo un pequeño efecto colateral.
Imaginen dejar de escuchar a la patrona diciendo:
- estuve tres horas cocinando, para que se lo engullan en cinco minutos y ahora me queda toda esa parva de trastos para fregar
Y de yapa la cantidad de pelotudeces y mentiras que dejaríamos de decir. Hasta es posible que dejen de existir los políticos.
Caerían en el ostracismo frases como “el pez por la boca muere” o “el silencio es salud”.
Ante semejante esfuerzo oral para pronunciar palabras casi incomprensibles, nacerían espontáneamente otras formas de comunicación, novedosas e interesantes. Roses, guiños, presiones, caricias, pellizcos en diversas zonas del cuerpo, pasarían a formar parte de un nuevo universo de expresiones.
Ahora me siento mejor, planteo el problema pero también propongo la solución, me merezco un sánduche de milanesa.
En la zona central de mi cuerpo veo crecer día a día un universo estomacal. Se agregan continentes, mares, montañas y todo tipo de relieves en expansión. Esta situación se me hace difícil de sobrellevar, disminuye mi autoestima, me hace sentir la última mata de polvo en la galaxia.
Angustiado por la situación y para sacarme las culpas de encima, estoy en condiciones de asegurar que el culpable es que hizo el diseño de lo humano.
¿Por qué no hizo la abertura de la boca más pequeña y la del culo un poco más grande? ¿Por qué no intercambió las dimensiones?
Que lindo seria tener el agujero del ano grande y extensible como el de la boca. Basta de estreñimientos, laxantes, enemas, hemorroides, proctólogos sádicos y otras misceláneas que mejor ni nombrar.
Que bien nos vendría una boquita chiquita y fruncidita como un culete, comeríamos poco y todo bastante predigerido. No se necesitarían dietas, ni pastillas, ni tizanas, ni esos horrendos ejercicios facilísimos de hacer que promocionan por TV.
Con esta innovadora idea bastaría con un multiprocesador, un tazón y un sorbete. En lugar de llamar “todos a comer” diríamos “todos a chupar”.
Eso si, olvídense de la felatio, es sólo un pequeño efecto colateral.
Imaginen dejar de escuchar a la patrona diciendo:
- estuve tres horas cocinando, para que se lo engullan en cinco minutos y ahora me queda toda esa parva de trastos para fregar
Y de yapa la cantidad de pelotudeces y mentiras que dejaríamos de decir. Hasta es posible que dejen de existir los políticos.
Caerían en el ostracismo frases como “el pez por la boca muere” o “el silencio es salud”.
Ante semejante esfuerzo oral para pronunciar palabras casi incomprensibles, nacerían espontáneamente otras formas de comunicación, novedosas e interesantes. Roses, guiños, presiones, caricias, pellizcos en diversas zonas del cuerpo, pasarían a formar parte de un nuevo universo de expresiones.
Ahora me siento mejor, planteo el problema pero también propongo la solución, me merezco un sánduche de milanesa.
jueves 24 de septiembre de 2009
El Estadio
El sistema fue el más justo que pudimos concebir. Quién puede ser completamente ecuánime cuando la vida está dando su último suspiro
Las ecuaciones resueltas expresaron el momento exacto del fin. Eran agonistas, tenían los días contados.
Se intentó todo: tratamientos químicos, ayunos, consultas al oráculo, sacrificios de animales, orgías para continuar con la procreación. Los extremistas cercenaron con sus propias manos las zonas afectadas del cuerpo. Nada dio resultado.
Me suplicaron días y noches. Hasta que comprendieron que era inútil.
Se despoblaron las Iglesias, desaparecieron las religiones y por último ya nadie se acordó de los dioses. Estábamos solos.
Se reunieron todos en el estadio y apenas se cubrió la mitad del espacio.
Sobre una plataforma en el centro se ubicó el coro: Los últimos diez niños alucinados que podían expresar los mensajes del lanzador de plegarias.
El lanzador atesoraba en sus manos la última esperanza. Si todo salía bien los premiados podrían continuar con vida y recomenzar.
El hombre se paró en la plataforma. Estaba desnudo, había cubierto su cuerpo con cenizas. Los niños se retorcían frenéticos a su alrededor.
Esgrimió su dedo gris como una batuta. Danzó mudo sus plegarias simbióticas. Danzó en un vuelo fugaz, danzó la historia desde el origen, fuera y dentro de cada uno.
Los niños ahogaron sonidos de sus gargantas descontroladas. Sonidos compulsivos, espasmódicos, como un canon de pájaros desvelados.
Se extendieron los confines de la piel en un trance colectivo y simbiótico
Al final dos humanos sin mácula, un hombre y una mujer fueron separados de la multitud. Sobre la sien del hombre anidó una garza mora. Con su pico agujereó el cráneo. Depositó los huevos al cobijo cálido de la sangre.
Del regazo de la mujer asomó un picaflor esmeralda, Se alimentó de sus entrañas y la fecundó.
Ahora veo a mis nuevas criaturas volar de árbol en árbol. Con sus rostros humanos entonan himnos en una lengua que no comprendo.
Ya no me imploran. No me necesitan No soy su dios. Entienden que han resuelto solos el dilema.
Resignado aguardo mi último suspiro.
Las ecuaciones resueltas expresaron el momento exacto del fin. Eran agonistas, tenían los días contados.
Se intentó todo: tratamientos químicos, ayunos, consultas al oráculo, sacrificios de animales, orgías para continuar con la procreación. Los extremistas cercenaron con sus propias manos las zonas afectadas del cuerpo. Nada dio resultado.
Me suplicaron días y noches. Hasta que comprendieron que era inútil.
Se despoblaron las Iglesias, desaparecieron las religiones y por último ya nadie se acordó de los dioses. Estábamos solos.
Se reunieron todos en el estadio y apenas se cubrió la mitad del espacio.
Sobre una plataforma en el centro se ubicó el coro: Los últimos diez niños alucinados que podían expresar los mensajes del lanzador de plegarias.
El lanzador atesoraba en sus manos la última esperanza. Si todo salía bien los premiados podrían continuar con vida y recomenzar.
El hombre se paró en la plataforma. Estaba desnudo, había cubierto su cuerpo con cenizas. Los niños se retorcían frenéticos a su alrededor.
Esgrimió su dedo gris como una batuta. Danzó mudo sus plegarias simbióticas. Danzó en un vuelo fugaz, danzó la historia desde el origen, fuera y dentro de cada uno.
Los niños ahogaron sonidos de sus gargantas descontroladas. Sonidos compulsivos, espasmódicos, como un canon de pájaros desvelados.
Se extendieron los confines de la piel en un trance colectivo y simbiótico
Al final dos humanos sin mácula, un hombre y una mujer fueron separados de la multitud. Sobre la sien del hombre anidó una garza mora. Con su pico agujereó el cráneo. Depositó los huevos al cobijo cálido de la sangre.
Del regazo de la mujer asomó un picaflor esmeralda, Se alimentó de sus entrañas y la fecundó.
Ahora veo a mis nuevas criaturas volar de árbol en árbol. Con sus rostros humanos entonan himnos en una lengua que no comprendo.
Ya no me imploran. No me necesitan No soy su dios. Entienden que han resuelto solos el dilema.
Resignado aguardo mi último suspiro.
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