martes, 26 de julio de 2011

La verdad vs. La percepción

Wilfredo Bergés ingresó al vestuario con su caja de madera marrón. La caja era un prisma rectangular dividido en dos partes iguales. La apoyó en el banco que le fue asignado para cambiarse. Con una pequeña llavecita sacó el candado, luego destrabó el cerrojo metálico. La abrió de par en par y corrió dos cortinitas. Como en un teatro de títeres emergió en uno de los lados una pequeña estatuilla de la virgen de Guadalupe. En el otro compartimento había unas flores de plástico bastante similares a las reales y unas estampitas adheridas con chinches a las paredes de la caja. Wilfredo se arrodilló, encendió una pequeña vela, llenó una copita con ginebra y le pidió a la madrecita que le permita tener visión clara y no cometer errores. Recitó un ave maría entre dientes, besó a la virgen, apuró el alcohol de un trago y cerró la caja. Con parcimonia y en estado de gracia se puso el uniforme negro.
Subió las escaleras al trotecito. Al salir al campo lo azotó un griterío que no era para él. Para él sólo las ofensas y el mal trato.
El césped estaba muy tupido y cortado a una altura pareja de cinco centímetros. Lo habían regado hacía media hora. Notó que sus botines se adherían muy bien al campo de juego. Revisó las redes y los travesaños. Movió con sus manos el alambre perimetral y lo notó tenso y seguro. Había pocas posibilidades de que los fanáticos invadan la cancha.
Los jugadores de ambos equipos comenzaron a hacer precalentamiento. Wilfredo les indicó a varios que se suban las medias y que se metan las camisetas dentro del pantalón. Les mostró su autoridad y les recordó que él no permitiría ningún acto de indisciplina. Todos sabían que lo que él cobrara era inapelable.
Corrió hacia delante, luego hacia atrás, levantó los brazos desplazándose lateralmente. Vio a una paloma picoteando semillas sin germinar. Wilfredo no toleraba elementos ajenos a la faena, la espantó con un pitido. La paloma voló hacia plazas más amables.
Wilfredo llamó a los capitanes, revoleó la moneda y dio inicio a la contienda.
Los jugadores se encerraban en el medio campo raspándose mutuamente. Wilfredo Estaba feliz con su protagonismo, no perdonó ninguna infracción. El espectáculo era poco vistoso y trabado. Ninguno llegaba con peligro al arco contrario. El diez de los visitantes se movió veloz en el área enemiga. Zigzagueó con la gracia de los capeos de un torero habilidoso. El zaguero central sólo atinó a pegarle en las canillas. Último recurso, penal y expulsión.
De repente el tiempo se detuvo. Se encapotó el firmamento. Una resolana larga se filtró entre las nubes. Apareció la virgen con el cura Lorenzo y un séquito de ángeles.
- Wilfredo, no fue penal.
- Virgen santísima, ¿estoy en el cielo? ¿acaso me morí? Exclamó llorando Wilfredo.
- No tengas miedo que vine a ayudarte, me lo pidió el padrecito. Volvé para atrás la jugada y no cobres, que no fue penal.
- Madrecita, yo la amo mas que a nadie en el mundo, pero no puedo faltar a la verdad. Fue un penal más grande que una casa.
- Wilfredo, los diablos de Avellaneda no le pueden ganar a los santos de Boedo, es una cuestión de equilibrio entre el bien y el mal.
- Pero madre es un partido de futbol… Un juego no afecta al bien y al mal
- Yo saqué a los pibes de la calle cuando hice el club. ¿Querés que se vuelvan delincuentes? Lo increpó el cura Lorenzo.
- Yo no falto a la verdad.
- La verdad no importa, lo importante es la percepción que se tiene de la realidad. Y yo percibo que es mejor que no sea penal. Afirmó la virgen.
- Terminemos con esto, fue penal y basta.
El cielo se volvió celeste, la virgen se puso un auricular en la oreja derecha y el cura Lorenzo el otro en la izquierda, tenían un solo par.
Se alejaron lentamente gritando a toda voz: Wilfredo hijo de….acompañando a la hinchada santa. Al final fue empate: 1 a 1.
Wilfredo se sintió mal, con su mística desbaratada. Se metió en el vestuario soportando las puteadas y esquivando los gargajos. Se bañó rápido, se vistió, tomó su caja de madera marrón y se fue. Enfiló directo hacia las márgenes del riachuelo. Erecto frente a las aguas nauseabundas decidió que por fin aceptaría continuar con el negocio de su padre. Una fábrica de encurtidos que siempre dio de comer a la familia. Con toda su fuerza tiró la caja al medio del río. Un policía ambiental que estaba cerca presenció el acto. Wilfredo estuvo demorado 48 horas por contaminar las aguas.

1 comentario:

  1. Ja, Jorge moooy bueno. Me gustó mucho y eso que no me gusta el futbol... que raro que la occhi aun no lo comentó... me hizo acordar a los Dioses Griegos que bajaban y se metían en todo :)

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