A la hija de Romina
Quería que me prestes la pepona y saltar juntas a la soga, repartir las estampitas de la primera comunión, ir caminado por la quebrada hasta la escuela, pasar los dedos por los rulos de la vicuña y hacernos cosquillas.
Me tocó navegar con tajos de no querida, en una embarcación de cartón mojado por cloacas sin mareas. No el cajoncito blanco de muerte inocente, ese está reservado para las que hacen las cosas como dios manda.
Algunas lloran en el primer suspiro, yo no pude llorar el desprecio de tu cuchillo en mi carne.
No soporto verte triste, encerrada en los barrotes de dedos índices que se entrecruzan, prontos a señalar tu vientre ensombrecido. Dedos que escriben en tu frente “agravado por el vínculo”. Que señalan, pulcros, de piel pulcra, de piel que no palpa, que no se mete. Ciegos como la maestra que no te enseñó a defenderte, ni te dijo que el pene y la vagina son iguales cuando eligen. Que no hay sexos débiles ni fuertes, ni buen nombre, ni imagen lavada. Que no sos de vida fácil, porque la vida no es fácil.
No quiero verte ausente como las blancas enfermeras de fórceps ilegales.
No recorras los oscuros purgatorios. Oscuros como los gordos pontífices que te absuelven mientras declaman con absoluta certeza que mi alma se metió en tu cuerpo a golpes de esperma violento. A golpes de padre embustero, de padre impune por falta de pruebas. Las que no aportaste, las del goce no consentido. Que no aportaste para que no desguacen tu intimidad en mil doscientas fojas sin una santa palabra.
No mires la luz mentirosa del cirio que encienden las señoras los domingos de mantilla, que pagan primera fila del teatro celeste.
No necesitàs este limbo de rayuela eterna, dibujada en el piso de la sala de espera. Con la mano inmóvil arrojando ángeles insulsos a la casa seis, condenada a no ser. Dándome las narices contra las puertas del cielo de tiza que se esfuman cuando me acerco.
Y no paso ni me quedo.
Mamà no me pidas perdón eterno, porque si lo hacès estaré naciendo… y muriendo…
Siempre
jueves, 10 de diciembre de 2009
La santa y la pierna

Dedicado a AnaGyS
No era su primera caída. Si hasta podría narrar su vida usando como nudos a las caídas. Amalia siempre se levantaba y salía fortalecida. Sus músculos eran fuertes, tanto como su templanza. Atribuía su costumbre de besar el polvo a su pierna derecha. Ella, la derecha, decidía su propio norte sin escuchar al resto.
Cada vez que sus quehaceres se lo permitían Amalia ensoñaba, amaba más que ninguna, se atrevía. Se conmocionaba con un abrazo intenso, con los claroscuros del bosque y las melodías sutiles. Por eso pensaba que no hay mal que por bien no venga, quizá su pierna le servia de ancla.
Recordaba tanto aquella primera vez. Aquella cuando caminaba por el sendero a sabiendas de que por allí pasaría él. Pensaba en sus labios y en ella, en sus miembros fuertes rozándola, en la mirada oscura de cejas varoniles escudriñando sus ojos. Se iban a cruzar y quizá le dirija la palabra… pero se cayó. Recuerda también como se le pusieron las orejas rojas y sordas; y como escapó en un galope ciego. A los amores que no fueron los envuelve un aura de “toda gloria posible”. Una gloria simple, cotidiana que sintió haber perdido.
La pierna tenía su itinerario prefijado: la llevó a los bailes de casaderas; la obligó a un “si” a desgano; avanzó dos pasos y retrocedió uno hasta completar juntas el camino desde la puerta al altar; la amarró por las tardes a la silla de paja, a pelar las papas y las habas, a coser y a tejer.
Amalia escuchaba las historias de las otras, historias de los niños de las otras, niños que imaginó coronaban los amores logrados, no como el de ella: los primeros balbuceos; la caída de un diente; las convulsiones de risa hasta las lágrimas; los zapatos que se atan y se desatan y los pies descalzos y las gripes y la fiebre... Quiso levantarse y correr, no escuchar, chocar contra el viento. Su pierna no se lo permitió.
Amalia invocaba a Santa Ana para que la haga hábil con el dedal, para que la ayude a no pincharse y para que fertilice su vientre. Pero la santa tenía otros asuntos que atender.
Amalia y la pierna fueron compañeras hostiles, a tal punto que la mujer le inscribió, con paciencia, cada letra de las palabras enfermedad y amputación.
Esperaba la sierra del doctor cuando su pierna la empujó por última vez. Tirada sola a los pies de la camilla, sin una mano que la ayude, le pidió a la santa que la levante, un milagro que no figuraba en su catálogo.
Santa Ana sintió que era hora de cumplirle. Labró sobre el cuerpo de Amalia el comienzo de una historia de generaciones futuras. Como compensación, le hizo prometer que toda su prole femenina llevaría el nombre de Ana. También las hijas de sus hijas y así para siempre. Juntas inventaron la estirpe de las Anas.
Ana que invitó a su pierna y a su sombra a sumarse al juego. Ana que se cayó mil veces y no vio en ello un mal presagio. Ana que no llegó a fin de mes, pero algo inventó. Ana que emparchò rodillas y enjugó lagrimas. Ana que pintó broches sobre el cielo, tensó sogas y planchó sábanas. Ana que vio en el clítoris una puerta y la abrió. Ana que decidió sobre su vientre. Ana que amó y que desamó. Ana que gozó y sufrió. Ana con… Ana sin… Ana c…Ana x…Ana z…
miércoles, 21 de octubre de 2009
Impresiones de una escena.
Es un parroquiano eterno, sentado a la mesa de un bar de almas tras migrantes.
Para los otros, él es uno. Pero está dividido en tres. Su cabeza flota oscilante a cierta distancia del cuerpo. Una distancia difícil de medir aunque usemos instrumentos de precisión.
Quiere ir tras ella.
Su torso no le permite merodear más allá. La cabeza yace apoyada en la palma de la mano derecha. La mano tiene la instrucción de no soltarla por nada del mundo. Si lo hiciera, como por error sucedió alguna vez, no podrá evitar las consecuencias.
Sus piernas no se descruzarán jamás, fueron doblegadas hace tiempo. Un tiempo en que los colores, las luces y las sombras anunciaban libertad. Odia la soledad, por eso sus pies no corren gloriosos tras las brisas del viento norte.
Teme perder el control, no reconocerse, enloquecer y…
Desparrama sus incertezas plegado en la silla, como un fuelle silenciado. Silenciado por la resignación de su ausencia. Ausencia que se percibe, clara, irrebatible.
El puño que lo condenó a esta eternidad inmóvil está ausente a simple vista. Para percibirlo hay que entrecerrar los ojos, pegar la lengua al paladar y respirar como un dios.
El piso del recinto es un tablero, blanco y negro. El parroquiano es la pieza dispuesta para la mano del jugador.
El jugador maneja la partida. Piensa, expectante, cual puede ser la movida del triunfo.
Hay un momento en el que nada es como debe ser. Se despliega por un instante la oportunidad de ser otro, de invertir los roles. Entonces y sólo entonces la palma se abre, la cabeza vuela tras ella,
El parroquiano toma la iniciativa, extiende la piel del jugador y la adhiere al bastidor. La piel picada como una galaxia. Infinitas galaxias donde cada poro es un universo, regado por venas hartas de cielo líquido, de circulación cansada.
El parroquiano juega a construir un mundo. Juega y decide. Para si se reservó el espacio del deseo.
Para los otros, él es uno. Pero está dividido en tres. Su cabeza flota oscilante a cierta distancia del cuerpo. Una distancia difícil de medir aunque usemos instrumentos de precisión.
Quiere ir tras ella.
Su torso no le permite merodear más allá. La cabeza yace apoyada en la palma de la mano derecha. La mano tiene la instrucción de no soltarla por nada del mundo. Si lo hiciera, como por error sucedió alguna vez, no podrá evitar las consecuencias.
Sus piernas no se descruzarán jamás, fueron doblegadas hace tiempo. Un tiempo en que los colores, las luces y las sombras anunciaban libertad. Odia la soledad, por eso sus pies no corren gloriosos tras las brisas del viento norte.
Teme perder el control, no reconocerse, enloquecer y…
Desparrama sus incertezas plegado en la silla, como un fuelle silenciado. Silenciado por la resignación de su ausencia. Ausencia que se percibe, clara, irrebatible.
El puño que lo condenó a esta eternidad inmóvil está ausente a simple vista. Para percibirlo hay que entrecerrar los ojos, pegar la lengua al paladar y respirar como un dios.
El piso del recinto es un tablero, blanco y negro. El parroquiano es la pieza dispuesta para la mano del jugador.
El jugador maneja la partida. Piensa, expectante, cual puede ser la movida del triunfo.
Hay un momento en el que nada es como debe ser. Se despliega por un instante la oportunidad de ser otro, de invertir los roles. Entonces y sólo entonces la palma se abre, la cabeza vuela tras ella,
El parroquiano toma la iniciativa, extiende la piel del jugador y la adhiere al bastidor. La piel picada como una galaxia. Infinitas galaxias donde cada poro es un universo, regado por venas hartas de cielo líquido, de circulación cansada.
El parroquiano juega a construir un mundo. Juega y decide. Para si se reservó el espacio del deseo.
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domingo, 11 de octubre de 2009
Pacha
La sala del castillo oprime al caballero. Su armadura asfixiada quiere salir. Abre la puerta y vuelve a ingresar a la misma sala.
Ve a la anciana encorvada que se mece. Es antigua, es sabia de la tierra. La atraviesa con su espada.
Ella insiste en mecerse. Trae un reclamo de otro mundo, un abandono, una depredación. Le revolvieron las entrañas, le desacomodaron todo, le sacaron hijos.
Fue él, pero no lo recuerda. O recuerda que lo hizo porque fue necesario.
Ella teje y se mece. En la urdimbre aparecen los cuentos simples y eternos, legados de ancestros.
La anciana suma y multiplica los hilos para no equivocar el color, para no falsear la historia. La historia que habla de otra riqueza, de tesoros arrancados a arañazos, de su vejez ingenua, de la resignación sin remedio.
El caballero traspasa nuevamente la puerta. Vuelve a ingresar. Ella es débil pero lo retiene, no lo deja ir.
La armadura se va oxidando, sus movimientos se tornan lentos. No comprende, se aterroriza. Se empecina una y otra vez.
Ella enreda un hilo con otro, los peina, los cose puntada a puntada. Él, resignado abdica. La tejedora le acaricia los dedos tiernamente, los acerca a la maya, los teje. Transforma sus venas y su piel en lanzadera y los incluye en la urdimbre.
El lienzo y el caballero se confunden y se abrazan. Cierran la historia que pudo haber sido otra.
Firme como árbol añoso la anciana se hamaca en la mecedora vacía.
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Ve a la anciana encorvada que se mece. Es antigua, es sabia de la tierra. La atraviesa con su espada.
Ella insiste en mecerse. Trae un reclamo de otro mundo, un abandono, una depredación. Le revolvieron las entrañas, le desacomodaron todo, le sacaron hijos.
Fue él, pero no lo recuerda. O recuerda que lo hizo porque fue necesario.
Ella teje y se mece. En la urdimbre aparecen los cuentos simples y eternos, legados de ancestros.
La anciana suma y multiplica los hilos para no equivocar el color, para no falsear la historia. La historia que habla de otra riqueza, de tesoros arrancados a arañazos, de su vejez ingenua, de la resignación sin remedio.
El caballero traspasa nuevamente la puerta. Vuelve a ingresar. Ella es débil pero lo retiene, no lo deja ir.
La armadura se va oxidando, sus movimientos se tornan lentos. No comprende, se aterroriza. Se empecina una y otra vez.
Ella enreda un hilo con otro, los peina, los cose puntada a puntada. Él, resignado abdica. La tejedora le acaricia los dedos tiernamente, los acerca a la maya, los teje. Transforma sus venas y su piel en lanzadera y los incluye en la urdimbre.
El lienzo y el caballero se confunden y se abrazan. Cierran la historia que pudo haber sido otra.
Firme como árbol añoso la anciana se hamaca en la mecedora vacía.
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sábado, 10 de octubre de 2009
Mal Debut
No sos un asesino, si ni te gusta cazar pajaritos. Ella te llevó, te llevó al túnel y no se veía nada.
Podías jugar en la vereda o en la plaza, pero no, tuviste que ir al caño porque del otro lado “hay un jardín hermoso”. Y ni sabes si es verdad. Te estaba mintiendo para que vayas con ella. Estaba todo oscuro y no se vía nada.
Llama a tu mama, quizá no esté muerta.
Tiene mucho pelo. Ves boludo, es un perro y esta mojado. Aquí hay unos zapatos ¿Dónde viste un perro con zapatos?
Sacala, llevala a la luz, me parece que sólo esta desmayada. Arrastrala aunque pese, total nadie te va a ver, por aquí no pasa nadie.
Fue ella la que te dijo que te bajes los pantalones y vos no querías y fue ella la que te empujó primero. Estaba loca.
No se porque siempre le haces caso, te tiene dominado. Ya se que huele como la piel de mama cuando riega las flores.
Respiraba fuerte, como un buey, como mamà y papà cuando están en la cama.
¿No será el linyera que vive aquí y te estas asustando al pedo?
Ella debe estar del otro lado en el jardín cagandose de risa. Ya había venido con otros pibes aquí. A todos les hace lo mismo, siempre quiere venir y si no la acompañas te llama cagon o nenita y claro eso a vos no te gusta, que te digan nenita como te dice ese hijo de puta de Tomás.
Te dije que no la beses, ¿Qué sabes vos de besar? Si no te sabes ni limpiar el culo. Ahora esta muerta ¿como le vas a explicar a la madre? ¿Le vas a decir que ella empezó primero?, ya no sos un bebe y esto es un asesinato. ¿Qué te costaba bajarte los pantalones?, se lo mostrabas y listo. ¿Qué te importa si Tomas tiene la pija más grande?, eso te hace recalentar y ella siempre se ríe de vos… Mejor que esta muerta así no la tenes que ver más.
No te pongas a llorar que es peor, te hubieras quedado en tu casa mirando la tele, pero no… te tenías que hacer el hombre.
¿Te creías que era verdad eso de que todos la habían tocado y vos no? ¿Ahora que vas a hacer? Salí del túnel, salí de esta oscuridad.
Podías jugar en la vereda o en la plaza, pero no, tuviste que ir al caño porque del otro lado “hay un jardín hermoso”. Y ni sabes si es verdad. Te estaba mintiendo para que vayas con ella. Estaba todo oscuro y no se vía nada.
Llama a tu mama, quizá no esté muerta.
Tiene mucho pelo. Ves boludo, es un perro y esta mojado. Aquí hay unos zapatos ¿Dónde viste un perro con zapatos?
Sacala, llevala a la luz, me parece que sólo esta desmayada. Arrastrala aunque pese, total nadie te va a ver, por aquí no pasa nadie.
Fue ella la que te dijo que te bajes los pantalones y vos no querías y fue ella la que te empujó primero. Estaba loca.
No se porque siempre le haces caso, te tiene dominado. Ya se que huele como la piel de mama cuando riega las flores.
Respiraba fuerte, como un buey, como mamà y papà cuando están en la cama.
¿No será el linyera que vive aquí y te estas asustando al pedo?
Ella debe estar del otro lado en el jardín cagandose de risa. Ya había venido con otros pibes aquí. A todos les hace lo mismo, siempre quiere venir y si no la acompañas te llama cagon o nenita y claro eso a vos no te gusta, que te digan nenita como te dice ese hijo de puta de Tomás.
Te dije que no la beses, ¿Qué sabes vos de besar? Si no te sabes ni limpiar el culo. Ahora esta muerta ¿como le vas a explicar a la madre? ¿Le vas a decir que ella empezó primero?, ya no sos un bebe y esto es un asesinato. ¿Qué te costaba bajarte los pantalones?, se lo mostrabas y listo. ¿Qué te importa si Tomas tiene la pija más grande?, eso te hace recalentar y ella siempre se ríe de vos… Mejor que esta muerta así no la tenes que ver más.
No te pongas a llorar que es peor, te hubieras quedado en tu casa mirando la tele, pero no… te tenías que hacer el hombre.
¿Te creías que era verdad eso de que todos la habían tocado y vos no? ¿Ahora que vas a hacer? Salí del túnel, salí de esta oscuridad.
jueves, 1 de octubre de 2009
Nunca mas Gordo
Cada mañana me veo al espejo. El espejo pertenece a un sistema de objetos perpetrados para sumirnos en la ilusión. Nos acercan a la forma en igual medida que nos alejan de la esencia, de aquello que realmente somos. Si es que alguien tiene alguna remota idea de lo que somos.
En la zona central de mi cuerpo veo crecer día a día un universo estomacal. Se agregan continentes, mares, montañas y todo tipo de relieves en expansión. Esta situación se me hace difícil de sobrellevar, disminuye mi autoestima, me hace sentir la última mata de polvo en la galaxia.
Angustiado por la situación y para sacarme las culpas de encima, estoy en condiciones de asegurar que el culpable es que hizo el diseño de lo humano.
¿Por qué no hizo la abertura de la boca más pequeña y la del culo un poco más grande? ¿Por qué no intercambió las dimensiones?
Que lindo seria tener el agujero del ano grande y extensible como el de la boca. Basta de estreñimientos, laxantes, enemas, hemorroides, proctólogos sádicos y otras misceláneas que mejor ni nombrar.
Que bien nos vendría una boquita chiquita y fruncidita como un culete, comeríamos poco y todo bastante predigerido. No se necesitarían dietas, ni pastillas, ni tizanas, ni esos horrendos ejercicios facilísimos de hacer que promocionan por TV.
Con esta innovadora idea bastaría con un multiprocesador, un tazón y un sorbete. En lugar de llamar “todos a comer” diríamos “todos a chupar”.
Eso si, olvídense de la felatio, es sólo un pequeño efecto colateral.
Imaginen dejar de escuchar a la patrona diciendo:
- estuve tres horas cocinando, para que se lo engullan en cinco minutos y ahora me queda toda esa parva de trastos para fregar
Y de yapa la cantidad de pelotudeces y mentiras que dejaríamos de decir. Hasta es posible que dejen de existir los políticos.
Caerían en el ostracismo frases como “el pez por la boca muere” o “el silencio es salud”.
Ante semejante esfuerzo oral para pronunciar palabras casi incomprensibles, nacerían espontáneamente otras formas de comunicación, novedosas e interesantes. Roses, guiños, presiones, caricias, pellizcos en diversas zonas del cuerpo, pasarían a formar parte de un nuevo universo de expresiones.
Ahora me siento mejor, planteo el problema pero también propongo la solución, me merezco un sánduche de milanesa.
En la zona central de mi cuerpo veo crecer día a día un universo estomacal. Se agregan continentes, mares, montañas y todo tipo de relieves en expansión. Esta situación se me hace difícil de sobrellevar, disminuye mi autoestima, me hace sentir la última mata de polvo en la galaxia.
Angustiado por la situación y para sacarme las culpas de encima, estoy en condiciones de asegurar que el culpable es que hizo el diseño de lo humano.
¿Por qué no hizo la abertura de la boca más pequeña y la del culo un poco más grande? ¿Por qué no intercambió las dimensiones?
Que lindo seria tener el agujero del ano grande y extensible como el de la boca. Basta de estreñimientos, laxantes, enemas, hemorroides, proctólogos sádicos y otras misceláneas que mejor ni nombrar.
Que bien nos vendría una boquita chiquita y fruncidita como un culete, comeríamos poco y todo bastante predigerido. No se necesitarían dietas, ni pastillas, ni tizanas, ni esos horrendos ejercicios facilísimos de hacer que promocionan por TV.
Con esta innovadora idea bastaría con un multiprocesador, un tazón y un sorbete. En lugar de llamar “todos a comer” diríamos “todos a chupar”.
Eso si, olvídense de la felatio, es sólo un pequeño efecto colateral.
Imaginen dejar de escuchar a la patrona diciendo:
- estuve tres horas cocinando, para que se lo engullan en cinco minutos y ahora me queda toda esa parva de trastos para fregar
Y de yapa la cantidad de pelotudeces y mentiras que dejaríamos de decir. Hasta es posible que dejen de existir los políticos.
Caerían en el ostracismo frases como “el pez por la boca muere” o “el silencio es salud”.
Ante semejante esfuerzo oral para pronunciar palabras casi incomprensibles, nacerían espontáneamente otras formas de comunicación, novedosas e interesantes. Roses, guiños, presiones, caricias, pellizcos en diversas zonas del cuerpo, pasarían a formar parte de un nuevo universo de expresiones.
Ahora me siento mejor, planteo el problema pero también propongo la solución, me merezco un sánduche de milanesa.
jueves, 24 de septiembre de 2009
El Estadio
El sistema fue el más justo que pudimos concebir. Quién puede ser completamente ecuánime cuando la vida está dando su último suspiro
Las ecuaciones resueltas expresaron el momento exacto del fin. Eran agonistas, tenían los días contados.
Se intentó todo: tratamientos químicos, ayunos, consultas al oráculo, sacrificios de animales, orgías para continuar con la procreación. Los extremistas cercenaron con sus propias manos las zonas afectadas del cuerpo. Nada dio resultado.
Me suplicaron días y noches. Hasta que comprendieron que era inútil.
Se despoblaron las Iglesias, desaparecieron las religiones y por último ya nadie se acordó de los dioses. Estábamos solos.
Se reunieron todos en el estadio y apenas se cubrió la mitad del espacio.
Sobre una plataforma en el centro se ubicó el coro: Los últimos diez niños alucinados que podían expresar los mensajes del lanzador de plegarias.
El lanzador atesoraba en sus manos la última esperanza. Si todo salía bien los premiados podrían continuar con vida y recomenzar.
El hombre se paró en la plataforma. Estaba desnudo, había cubierto su cuerpo con cenizas. Los niños se retorcían frenéticos a su alrededor.
Esgrimió su dedo gris como una batuta. Danzó mudo sus plegarias simbióticas. Danzó en un vuelo fugaz, danzó la historia desde el origen, fuera y dentro de cada uno.
Los niños ahogaron sonidos de sus gargantas descontroladas. Sonidos compulsivos, espasmódicos, como un canon de pájaros desvelados.
Se extendieron los confines de la piel en un trance colectivo y simbiótico
Al final dos humanos sin mácula, un hombre y una mujer fueron separados de la multitud. Sobre la sien del hombre anidó una garza mora. Con su pico agujereó el cráneo. Depositó los huevos al cobijo cálido de la sangre.
Del regazo de la mujer asomó un picaflor esmeralda, Se alimentó de sus entrañas y la fecundó.
Ahora veo a mis nuevas criaturas volar de árbol en árbol. Con sus rostros humanos entonan himnos en una lengua que no comprendo.
Ya no me imploran. No me necesitan No soy su dios. Entienden que han resuelto solos el dilema.
Resignado aguardo mi último suspiro.
Las ecuaciones resueltas expresaron el momento exacto del fin. Eran agonistas, tenían los días contados.
Se intentó todo: tratamientos químicos, ayunos, consultas al oráculo, sacrificios de animales, orgías para continuar con la procreación. Los extremistas cercenaron con sus propias manos las zonas afectadas del cuerpo. Nada dio resultado.
Me suplicaron días y noches. Hasta que comprendieron que era inútil.
Se despoblaron las Iglesias, desaparecieron las religiones y por último ya nadie se acordó de los dioses. Estábamos solos.
Se reunieron todos en el estadio y apenas se cubrió la mitad del espacio.
Sobre una plataforma en el centro se ubicó el coro: Los últimos diez niños alucinados que podían expresar los mensajes del lanzador de plegarias.
El lanzador atesoraba en sus manos la última esperanza. Si todo salía bien los premiados podrían continuar con vida y recomenzar.
El hombre se paró en la plataforma. Estaba desnudo, había cubierto su cuerpo con cenizas. Los niños se retorcían frenéticos a su alrededor.
Esgrimió su dedo gris como una batuta. Danzó mudo sus plegarias simbióticas. Danzó en un vuelo fugaz, danzó la historia desde el origen, fuera y dentro de cada uno.
Los niños ahogaron sonidos de sus gargantas descontroladas. Sonidos compulsivos, espasmódicos, como un canon de pájaros desvelados.
Se extendieron los confines de la piel en un trance colectivo y simbiótico
Al final dos humanos sin mácula, un hombre y una mujer fueron separados de la multitud. Sobre la sien del hombre anidó una garza mora. Con su pico agujereó el cráneo. Depositó los huevos al cobijo cálido de la sangre.
Del regazo de la mujer asomó un picaflor esmeralda, Se alimentó de sus entrañas y la fecundó.
Ahora veo a mis nuevas criaturas volar de árbol en árbol. Con sus rostros humanos entonan himnos en una lengua que no comprendo.
Ya no me imploran. No me necesitan No soy su dios. Entienden que han resuelto solos el dilema.
Resignado aguardo mi último suspiro.
martes, 15 de septiembre de 2009
Ocho brazos
A Juan Carlos la esposa le permitió conservar el departamento de soltero porque la convenció de que allí podría desplegar sus dotes de pintor. A pesar de que la amaba, necesitaba siempre la cuota de adrenalina que le proporcionaba las constantes aventuras. Perseguía el fantasma de una relación distinta, que le de un placer especial, que lo satisfaga plenamente.
Cuando entraron al departamento los asaltó un embriagador olor a aceites y trementina.
Los muebles reflejaban la extraña convivencia entre el arte y la trampa: cinco o seis luces tenues, un bar con forma de globo terráqueo, un mullido sofá, la alfombra peluda y un caballete.
Sobre el caballete un lienzo ajado y amarillento con un boceto. Según Juan Carlos reflejaría el inicio de la creación del universo. Para sus compañeros de juerga la posibilidad de un sin número de barbaridades elucubradas bajo los efectos del alcohol.
Alberto se acercó a la ventana, miró las aguas oscuras del Río de la Plata y preguntó:
- ¿A qué hora dijo que venía la mina? -
Desde que se había separado decía que quería ganar el tiempo perdido y hacerlas todas. Aunque los que lo conocían bien sabían que la herida no era fácil de curar. Cuando todo terminaba, siempre volvía a pensar en ella. No en ella, en la certidumbre clara de saber como es todo, como será mañana, como es compartir un silencio sin angustias. Porque de la separación sólo le quedó la tenencia inexorable del silencio. No podía olvidar lo acogedor del hogar perdido.
- No te preocupes ya debe estar por llegar -, dijo Juan Carlos.
El trío lo completaba Fredy, un solterón que vivía con su madre a la que debía cuidar. Desde que se conocían la madre estaba por morir aunque no siempre de la misma enfermedad. Sus miedos y las decepciones lo prepararon para recibirse de “experto en amores imposibles”. Con una mirada positiva se podría decir que era un idealista de esos capaces de guardar las heces de su amada en una cajita de música.
- ¿Será una diosa como dicen? ¿Una devoradora de hombres?, preguntó Fredy.
- Pero que diosa ni diosa, con dos vasos de whisky son todas más putas que las gallinas -, sentenció Alberto.
Sonó el timbre. Juan Carlos la hizo pasar.
Primero ingresaron unos ojos negros y misteriosos que los inmovilizó. Los miró uno a uno muy lentamente. Se sintieron vulnerados.
Era una dama con túnica de gasa traslúcida mecida por un viento inexistente. Su rostro mostraba una potente belleza que no era de este mundo, como escapada de alguna ensoñación.
Se paró en medio de la sala, erguida a punto de realizar una representación única. Sus movimientos emitían una melodía sutil. No había una zona de su cuerpo donde pudiera localizarse el sonido, emergía de un horizonte lejano, de un escenario imaginario en medio de un bosque añoso.
Los tres sintieron la necesidad de abarcar completamente esa música con todo su ser.
- ¿Cómo te llamas? - Preguntó Alberto.
- Kali - respondió ella.
- ¡Qué nombre raro¡ pero vayamos a lo nuestro ¿qué sabés hacer? -
Ella lo tomó a Alberto en sus brazos y lo envolvió dulcemente. El se sintió seguro como un guerrero que regresa al hogar para descansar las armas; ese hogar perdido y añorado. Se abandonó a un placer desconocido, más allá de lo genital. Todo su cuerpo se transformó en energía y satisfacción. Algo le dijo que debía estar atento, no perderse nada de ese momento. Nunca había sentido algo así; se vio inocente protegido por un fuego que siempre crepita, ese fuego estaba dentro suyo. Al fin cayó extenuado casi sin aliento.
Fredy se acercó a kali en actitud reverencial. Se postró a sus pies y los besó con vehemencia. Había encontrado su diosa, pero ella no se brindaba tan fácilmente. Lo obligó a atravesar primero el oscuro laberinto de sus pensamientos. Si se movía, o sólo parpadeaba toda la magia de ese instante, de ese secreto a punto de develarse desaparecería. Tuvo la certeza de que alguna espada experta le arrancaría la cabeza si se distraía.
La amante asumió el rostro de su madre convaleciente llorando de dolor. . La gran vulva lo absorbió y lo cobijo. Hipnotizado por una dulce melodía infantil, se empujo al abandono. Mecido en el regazo de la madre, sufrió y gozo intensamente. Comprendió como había vendido su voluntad por esta comodidad anestesiada.
Fue expulsado del vientre ya sin ataduras ni fuerzas para seguir.
Ella, desnuda, movió sus ocho brazos e integró todo en su ser. Su piel se transformó en una urdimbre negra y manchones de pelo brotaron de sus poros. Se arrastró sobre sus patas y comenzó a tejer una red alrededor de Juan Carlos.
Moviendo sus brazos copuló con él hasta la última gota. Fueron uno: hombre-mujer, macho-hembra. Se sintió integrado y perdido en el mejor acto sexual de su vida, ese con el que siempre soñó.
Ella fue todas las mujeres en una: la madre, la esposa, la amante.
La hembra agazapada decidió disolver ese mundo para que no queden vestigios de lo que fue.
Disolvió los cristales, las teclas, el rouge. Los restos de piel y de esperma. Rugió ahogada de aullidos y de sangre.
Solo quedó en pie una pequeña estatuilla de kali danzando.
Cuando entraron al departamento los asaltó un embriagador olor a aceites y trementina.
Los muebles reflejaban la extraña convivencia entre el arte y la trampa: cinco o seis luces tenues, un bar con forma de globo terráqueo, un mullido sofá, la alfombra peluda y un caballete.
Sobre el caballete un lienzo ajado y amarillento con un boceto. Según Juan Carlos reflejaría el inicio de la creación del universo. Para sus compañeros de juerga la posibilidad de un sin número de barbaridades elucubradas bajo los efectos del alcohol.
Alberto se acercó a la ventana, miró las aguas oscuras del Río de la Plata y preguntó:
- ¿A qué hora dijo que venía la mina? -
Desde que se había separado decía que quería ganar el tiempo perdido y hacerlas todas. Aunque los que lo conocían bien sabían que la herida no era fácil de curar. Cuando todo terminaba, siempre volvía a pensar en ella. No en ella, en la certidumbre clara de saber como es todo, como será mañana, como es compartir un silencio sin angustias. Porque de la separación sólo le quedó la tenencia inexorable del silencio. No podía olvidar lo acogedor del hogar perdido.
- No te preocupes ya debe estar por llegar -, dijo Juan Carlos.
El trío lo completaba Fredy, un solterón que vivía con su madre a la que debía cuidar. Desde que se conocían la madre estaba por morir aunque no siempre de la misma enfermedad. Sus miedos y las decepciones lo prepararon para recibirse de “experto en amores imposibles”. Con una mirada positiva se podría decir que era un idealista de esos capaces de guardar las heces de su amada en una cajita de música.
- ¿Será una diosa como dicen? ¿Una devoradora de hombres?, preguntó Fredy.
- Pero que diosa ni diosa, con dos vasos de whisky son todas más putas que las gallinas -, sentenció Alberto.
Sonó el timbre. Juan Carlos la hizo pasar.
Primero ingresaron unos ojos negros y misteriosos que los inmovilizó. Los miró uno a uno muy lentamente. Se sintieron vulnerados.
Era una dama con túnica de gasa traslúcida mecida por un viento inexistente. Su rostro mostraba una potente belleza que no era de este mundo, como escapada de alguna ensoñación.
Se paró en medio de la sala, erguida a punto de realizar una representación única. Sus movimientos emitían una melodía sutil. No había una zona de su cuerpo donde pudiera localizarse el sonido, emergía de un horizonte lejano, de un escenario imaginario en medio de un bosque añoso.
Los tres sintieron la necesidad de abarcar completamente esa música con todo su ser.
- ¿Cómo te llamas? - Preguntó Alberto.
- Kali - respondió ella.
- ¡Qué nombre raro¡ pero vayamos a lo nuestro ¿qué sabés hacer? -
Ella lo tomó a Alberto en sus brazos y lo envolvió dulcemente. El se sintió seguro como un guerrero que regresa al hogar para descansar las armas; ese hogar perdido y añorado. Se abandonó a un placer desconocido, más allá de lo genital. Todo su cuerpo se transformó en energía y satisfacción. Algo le dijo que debía estar atento, no perderse nada de ese momento. Nunca había sentido algo así; se vio inocente protegido por un fuego que siempre crepita, ese fuego estaba dentro suyo. Al fin cayó extenuado casi sin aliento.
Fredy se acercó a kali en actitud reverencial. Se postró a sus pies y los besó con vehemencia. Había encontrado su diosa, pero ella no se brindaba tan fácilmente. Lo obligó a atravesar primero el oscuro laberinto de sus pensamientos. Si se movía, o sólo parpadeaba toda la magia de ese instante, de ese secreto a punto de develarse desaparecería. Tuvo la certeza de que alguna espada experta le arrancaría la cabeza si se distraía.
La amante asumió el rostro de su madre convaleciente llorando de dolor. . La gran vulva lo absorbió y lo cobijo. Hipnotizado por una dulce melodía infantil, se empujo al abandono. Mecido en el regazo de la madre, sufrió y gozo intensamente. Comprendió como había vendido su voluntad por esta comodidad anestesiada.
Fue expulsado del vientre ya sin ataduras ni fuerzas para seguir.
Ella, desnuda, movió sus ocho brazos e integró todo en su ser. Su piel se transformó en una urdimbre negra y manchones de pelo brotaron de sus poros. Se arrastró sobre sus patas y comenzó a tejer una red alrededor de Juan Carlos.
Moviendo sus brazos copuló con él hasta la última gota. Fueron uno: hombre-mujer, macho-hembra. Se sintió integrado y perdido en el mejor acto sexual de su vida, ese con el que siempre soñó.
Ella fue todas las mujeres en una: la madre, la esposa, la amante.
La hembra agazapada decidió disolver ese mundo para que no queden vestigios de lo que fue.
Disolvió los cristales, las teclas, el rouge. Los restos de piel y de esperma. Rugió ahogada de aullidos y de sangre.
Solo quedó en pie una pequeña estatuilla de kali danzando.
domingo, 23 de agosto de 2009
El caldero
Las casaderas vertieron dos gotas de sangre en el caldero.
necesitaban buenos proveedores
y eso pidieron.
Luego las viudas tallaron sus yemas
querían compañeros para sus soledades
De la sangre mezclada salieron burbujas con sabor a deseo.
Las niñas querían un asno para montar
y jugar sus juegos nuevos
“a ser mujer” las empujaba la sangre que arrojaron en el caldero.
Ella bebió
Tragó hasta las virutas de hierro
Menstruó como reguero
brotaron lirios y crisantemos
se volvió fecundo el huerto
fecundo de misteriosas insatisfacciones
de esas en que cada cual obtiene lo suyo
pero no está completo
A coro reclamaron:
Devuélveme la sangre
que no se lo que quiero.
necesitaban buenos proveedores
y eso pidieron.
Luego las viudas tallaron sus yemas
querían compañeros para sus soledades
De la sangre mezclada salieron burbujas con sabor a deseo.
Las niñas querían un asno para montar
y jugar sus juegos nuevos
“a ser mujer” las empujaba la sangre que arrojaron en el caldero.
Ella bebió
Tragó hasta las virutas de hierro
Menstruó como reguero
brotaron lirios y crisantemos
se volvió fecundo el huerto
fecundo de misteriosas insatisfacciones
de esas en que cada cual obtiene lo suyo
pero no está completo
A coro reclamaron:
Devuélveme la sangre
que no se lo que quiero.
ventolera
Del mar bravío asoman muletas
Retorcidas.
Giran ruedas
de sillas de ruedas.
Se ven brazos sin cuerpos
y muñones
manos y garfios.
En la profundidad
arrecian aguaceros de paraguas
sin guaridas
Tortas de crema tiradas
perros lamiendo
agujeros
Bajo el agua
camisas
alfileres, ganchos, fuerzas
asfixias
rosas
leopardos
whisky
tugurios
Barbijos y guardapolvos
sirenas que lloran
Retorcidas.
Giran ruedas
de sillas de ruedas.
Se ven brazos sin cuerpos
y muñones
manos y garfios.
En la profundidad
arrecian aguaceros de paraguas
sin guaridas
Tortas de crema tiradas
perros lamiendo
agujeros
Bajo el agua
camisas
alfileres, ganchos, fuerzas
asfixias
rosas
leopardos
whisky
tugurios
Barbijos y guardapolvos
sirenas que lloran
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