El acero dignifica la idea de lo permanente y de lo inerte. Gobierna la sala desde su frialdad estéril; mesada, bachas, puertas, camillas, instrumental y por sobre todo el temple de los profesionales. El resto, pulcros azulejos empapados en lavandina.
El grillete opresivo del control se esmera en limpieza y orden. Lo humano se disputa de a dos, aunque solo uno con el don de la vida.
Uno con la espalda abotonada por el guardapolvo que cubre desde el cuello hasta las pantorrillas. Todas las señas particulares enmascaradas entre el barbijo y el birrete.
Así se compone este mundo blanco, fulgurante, cegador.
Cuando el puente que separa al hombre de Dios era aun visible, los templos se construían en la cima de las colinas. Se lo circundaba de un villorrio pululante, cercado por murallas y pórticos. Se lo protegía, junto al palacio señorial, como el bien mas preciado del burgo. En el oficiaba el espíritu divino.
Como el templo, “El cuerpo humano es la morada del incognoscible” No son pocos que siguen esta verdad, ni menos los que quieren confirmarla o desbastarla.
Y en este espacio oscilante entre la vida y la muerte se libra la más antigua de las batallas, aquella que siempre se dirime pero nunca se resuelve.
Esta en sus manos atravesar la carne y buscar la verdad.
Todos esperan una respuesta, los familiares, los amigos, los deudos en general. Es su obligación dar una explicación lógica. Y ellos se ilusionan en que quizá, este dentro de sus posibilidades conocer la causa ultima del deceso.
En la sala se escucha el susurro implorante de respuestas:
Señor:
Dignifica mis manos, mi corazón y mi mente para que pueda entrar a tu templo y sortear este espejismo que oculta la verdad.
Poder decirle adiós a los campos de piel hilvanados con el cabello de un ángel constructor y a las redes de energía que circularon con absoluta exactitud.
Zonas de recuerdos sitiadas por ejércitos de olvidos. Vuelos de ruiseñores que ya no despegarán de los párpados clausurados. Besos que no tendrán como destino esta boca. Afirmaciones que ya no serán golpeadas sobre este pecho.
Ver la ausencia de la última brisa perfumada, soplados por el fuelle mudo.
Infinitos senderos que se esfuman sin ser tocados por los pies helados. El fin del esperma que nunca más coronara la caricia del gozo.
Señor:
Concédeme tocar la sangre y la carne a la que debo dividir como lo hiciste tú con los doce que compartieron el último instante.
Señor:
Permíteme con devoción introducir el bisturí y atravesar este cuerpo, en tu búsqueda.
domingo, 2 de agosto de 2009
viernes, 31 de julio de 2009
El desvelo
La bailarina danzó en mi alcoba antes del amanecer. A la hora exacta en la que la locura es un don.
Ingresó ataviada sólo con la sonrisa sabia de los que ven más allá del amor y del odio.
Me desveló de mi sueño febril para regalarme su cuerpo tenso de caoba. Fue la respuesta de los dioses a mis súplicas.
Su humedad de fuego enfermó mi sangre. Envainó mis miembros rígidos con la fortaleza de sus muslos.
Bailó en mi cama, bailó desnuda, bailó sobre mí.
Y yo lo hice dentro de ella.
Bebí sus jugos y me embriagué. Arrebaté su pubis y lo atesoré un en un lugar remoto que hoy no recuerdo.
Sus labios no se posaron en los míos. Sus labios tenían otro dueño, más allá.
Me desequilibré por su carniza, la ofreció para apurar mi caída. Me empujó y puso fin a mi historia.
Me molestó tanto no haber sido más para abarcarla.
No eyaculè, quería hacer eterna esta felicidad. Le ofrecí el llanto como mi mejor orgasmo.
Sospecho que se esfumó por la cerradura o la maté. Es un misterio que no es necesario resolver. Ella fue la única certeza que visitò mi alcoba.
Ingresó ataviada sólo con la sonrisa sabia de los que ven más allá del amor y del odio.
Me desveló de mi sueño febril para regalarme su cuerpo tenso de caoba. Fue la respuesta de los dioses a mis súplicas.
Su humedad de fuego enfermó mi sangre. Envainó mis miembros rígidos con la fortaleza de sus muslos.
Bailó en mi cama, bailó desnuda, bailó sobre mí.
Y yo lo hice dentro de ella.
Bebí sus jugos y me embriagué. Arrebaté su pubis y lo atesoré un en un lugar remoto que hoy no recuerdo.
Sus labios no se posaron en los míos. Sus labios tenían otro dueño, más allá.
Me desequilibré por su carniza, la ofreció para apurar mi caída. Me empujó y puso fin a mi historia.
Me molestó tanto no haber sido más para abarcarla.
No eyaculè, quería hacer eterna esta felicidad. Le ofrecí el llanto como mi mejor orgasmo.
Sospecho que se esfumó por la cerradura o la maté. Es un misterio que no es necesario resolver. Ella fue la única certeza que visitò mi alcoba.
domingo, 26 de julio de 2009
Cazuela
Para disfrutar una buena cazuela primero hay que definir de que la queremos hacer. Podemos optar por: cazuela de mariscos, de ave o de olvidos.
Si decidimos hacer la de olvidos es muy útil tener en cuanta que los ingredientes principales son los rincones. Hay que buscarlos, no se consiguen en cualquier mercado.
Los comerciantes obtusos, los que no quieren cambiar son poseedores de varios miles de rincones en ángulo.
Están los curvos, pero hay que tener cuidado de no perderse en ellos porque a veces se pasan de húmedos, mullidos y en apariencia acogedores.
Las puertas que se cierran de un portazo le dan un sabor agreste, casi violento. Es sólo para paladares acostumbrados.
Sin embargo hay ingredientes que se tiran en picada dentro de la cazuela. Son suicidas. Al caer se lastiman y se dejan la herida como una insignia. Si uno los sabe parar a tiempo, sin excederse en la cantidad necesaria, le incorporan a la preparación un dejo romántico y enamoradizo que le va muy bien.
La cazuela se sirve en mantel blanco y con las sillas vacías. Los comensales no le sientan a este manjar.
Para mejor presentación del plato se desparraman azarosamente sobre la mesa algunas manchas indelebles de un pasado incierto. Puede suceder que uno intente verlas en detalle, pero al concentrarse y hacer foco el color se diluye y al fin el tizne es un borrón que no estaba allí. O se corrió algunos centímetros, lo mejor es dejarlas que se acomoden donde mas les guste.
Esas pequeñas incrustaciones de cera sobre la tela son infaltables velas apagadas a destiempo.
Al costado del plato de sitio, sin dudas se ubica la servilleta con el aliento de la despedida. Tiene en el borde un monograma con el nombre que es doloroso recordar.
Si decidimos hacer la de olvidos es muy útil tener en cuanta que los ingredientes principales son los rincones. Hay que buscarlos, no se consiguen en cualquier mercado.
Los comerciantes obtusos, los que no quieren cambiar son poseedores de varios miles de rincones en ángulo.
Están los curvos, pero hay que tener cuidado de no perderse en ellos porque a veces se pasan de húmedos, mullidos y en apariencia acogedores.
Las puertas que se cierran de un portazo le dan un sabor agreste, casi violento. Es sólo para paladares acostumbrados.
Sin embargo hay ingredientes que se tiran en picada dentro de la cazuela. Son suicidas. Al caer se lastiman y se dejan la herida como una insignia. Si uno los sabe parar a tiempo, sin excederse en la cantidad necesaria, le incorporan a la preparación un dejo romántico y enamoradizo que le va muy bien.
La cazuela se sirve en mantel blanco y con las sillas vacías. Los comensales no le sientan a este manjar.
Para mejor presentación del plato se desparraman azarosamente sobre la mesa algunas manchas indelebles de un pasado incierto. Puede suceder que uno intente verlas en detalle, pero al concentrarse y hacer foco el color se diluye y al fin el tizne es un borrón que no estaba allí. O se corrió algunos centímetros, lo mejor es dejarlas que se acomoden donde mas les guste.
Esas pequeñas incrustaciones de cera sobre la tela son infaltables velas apagadas a destiempo.
Al costado del plato de sitio, sin dudas se ubica la servilleta con el aliento de la despedida. Tiene en el borde un monograma con el nombre que es doloroso recordar.
sábado, 18 de julio de 2009
Tumio
Tumio era escalèctrico. También figurìtico, cuartiquèmico, manchico, en fin, lúdico.
Era un animal de la calle. Hacía fumar a los escuerzos, pinchaba sapos, cazaba mariposas, bajaba pájaros a pedradas, aplastaba insectos.
Un día fue sólo al campito. Le divertía buscar cosas extrañas y después mostrárnoslas. O quedarse solo, como un alquimista, a pensar nuevas fórmulas.
Descubrió un animal muerto. Era un caballo, o un perro, o una cebra, o un gorila. No se sabía bien porque estaba muy hinchado. Tumio lo pincho con una vara. Y le saltaron los jugos a la cara y luego al resto del cuerpo, lo empaparon, lo embebieron.
Nadie lo socorrió, él era impecable para desaparecer. Ni Dios se dio cuenta de lo que estaba pasando. Después se enfermó y después se murió.
Fue el primero en el mundo.
Inauguró esto de que un niño se pueda morir. Fue una sorpresa para todos, la muerte era un territorio reservado para los viejos. Tumio era muy creativo, él inventó la muerte de niño.
Fue un funeral de dormitorio. Y de comedor. No había salones para velar gente y menos niños.
De negro riguroso para todo el mundo. Multitudinario en las calles de tierra.
Con ancianas llorando a un casi desconocido, sentadas en sillas de paja haciendo fila en los zaguanes de las veredas de cada casa, cuchicheando en dialecto, conmovidas por la novedad de una fiesta confusa entre la risa y el llanto, un llanto que daba vergüenza no llorar.
Nosotros quedamos desamparados de música, de radio, de risas y de juegos por diez días. Diez días eternos, que esperábamos terminen antes de que termine nuestra niñez.
Por diez días fuimos una banda de juegos no jugados y de brazalete negro.
El luto en el brazo solo nos permitía hablar. Contar la historia de Tumio: de cómo dudábamos de que sea bien recibido en el cielo, de cómo lo mataron los padres que no se ocupaban de él, de lo extraño que era, de cómo se metió dentro del caballo para explorarlo, de las convulsiones, de las verdades que develó traspirado en fiebre, de los otros que estaban con él y lo abandonaron, de la piedra con que se golpeó la cabeza, de su carne podrida por los jugos.
Desapareció el campito, las mariposas, el barro de las calles, los días a la bartola.
Tumio resistió. Lleva más de cuarenta años como el niño muerto y todavía no lo podemos enterrar.
Era un animal de la calle. Hacía fumar a los escuerzos, pinchaba sapos, cazaba mariposas, bajaba pájaros a pedradas, aplastaba insectos.
Un día fue sólo al campito. Le divertía buscar cosas extrañas y después mostrárnoslas. O quedarse solo, como un alquimista, a pensar nuevas fórmulas.
Descubrió un animal muerto. Era un caballo, o un perro, o una cebra, o un gorila. No se sabía bien porque estaba muy hinchado. Tumio lo pincho con una vara. Y le saltaron los jugos a la cara y luego al resto del cuerpo, lo empaparon, lo embebieron.
Nadie lo socorrió, él era impecable para desaparecer. Ni Dios se dio cuenta de lo que estaba pasando. Después se enfermó y después se murió.
Fue el primero en el mundo.
Inauguró esto de que un niño se pueda morir. Fue una sorpresa para todos, la muerte era un territorio reservado para los viejos. Tumio era muy creativo, él inventó la muerte de niño.
Fue un funeral de dormitorio. Y de comedor. No había salones para velar gente y menos niños.
De negro riguroso para todo el mundo. Multitudinario en las calles de tierra.
Con ancianas llorando a un casi desconocido, sentadas en sillas de paja haciendo fila en los zaguanes de las veredas de cada casa, cuchicheando en dialecto, conmovidas por la novedad de una fiesta confusa entre la risa y el llanto, un llanto que daba vergüenza no llorar.
Nosotros quedamos desamparados de música, de radio, de risas y de juegos por diez días. Diez días eternos, que esperábamos terminen antes de que termine nuestra niñez.
Por diez días fuimos una banda de juegos no jugados y de brazalete negro.
El luto en el brazo solo nos permitía hablar. Contar la historia de Tumio: de cómo dudábamos de que sea bien recibido en el cielo, de cómo lo mataron los padres que no se ocupaban de él, de lo extraño que era, de cómo se metió dentro del caballo para explorarlo, de las convulsiones, de las verdades que develó traspirado en fiebre, de los otros que estaban con él y lo abandonaron, de la piedra con que se golpeó la cabeza, de su carne podrida por los jugos.
Desapareció el campito, las mariposas, el barro de las calles, los días a la bartola.
Tumio resistió. Lleva más de cuarenta años como el niño muerto y todavía no lo podemos enterrar.
sábado, 4 de julio de 2009
El rugido
A las 20:18 PM quedé ciego.
Se desplomó el ramillete de mis manos. Perdí el control. Hubiera querido volar pero no había viento. La quietud me produjo nauseas.
Estaba sólo, nunca nos habíamos separado.
Fue entonces cuando las pezuñas rasgaron el polvo, las fieras rugieron, los desconocidos me amenazaron y no supe como defenderme.
Definitivamente me había abandonado, lo leí en el informe. Lo confirmó mi piel insensible, mis líquidos secos y el aire ausente.
Si se hubiera quedado no me molestarían las estacas en mis manos. No tendría porque introducirme en esta grieta amenazante a buscar algo perdido sin saber que.
Se iría el sabor agrio de mis fauces, no lamería las heridas.
Me recuperaría, volvería a sentir los estigmas. No añoraría el origen.
Si se hubiera quedado junto a mi, no le daría el beso al loco agazapado en los confines de la caverna, ni lo absolvería eternamente.
No sentiría la dulce melodía infantil como un zumbido constante.
No repetiría esta oración entrañable.
No la llamaría con un rugido hasta el fin del universo: Puta, mil veces puta.
Se desplomó el ramillete de mis manos. Perdí el control. Hubiera querido volar pero no había viento. La quietud me produjo nauseas.
Estaba sólo, nunca nos habíamos separado.
Fue entonces cuando las pezuñas rasgaron el polvo, las fieras rugieron, los desconocidos me amenazaron y no supe como defenderme.
Definitivamente me había abandonado, lo leí en el informe. Lo confirmó mi piel insensible, mis líquidos secos y el aire ausente.
Si se hubiera quedado no me molestarían las estacas en mis manos. No tendría porque introducirme en esta grieta amenazante a buscar algo perdido sin saber que.
Se iría el sabor agrio de mis fauces, no lamería las heridas.
Me recuperaría, volvería a sentir los estigmas. No añoraría el origen.
Si se hubiera quedado junto a mi, no le daría el beso al loco agazapado en los confines de la caverna, ni lo absolvería eternamente.
No sentiría la dulce melodía infantil como un zumbido constante.
No repetiría esta oración entrañable.
No la llamaría con un rugido hasta el fin del universo: Puta, mil veces puta.
domingo, 7 de junio de 2009
Perros de playa
Todos sabemos que el perro de playa tiene más energía que el que no es de playa. A simple vista parece un poseso. Ve enemigos en la espuma de mar, en el movimiento de las olas, en la arena que vuela con el viento y en todos los pequeños animalitos que se desplazan rápido y se ocultan más rápido aún. Etcétera. No tiene objetivos claros, ladra y dentellea incansable hacia un lado y hacia el otro. No se sabe claramente si se divierte o sufre. Cualquiera sea el caso su actitud es alterada y nerviosa. Etcétera.
Se puede tratar de direccionar ese tremendo caudal de energía proponiéndole algún objetivo. Debe ser simple y comprensible inmediatamente, ya que no se logra que los individuos de esta especie mantengan la atención más de unos segundos.
González era un ejemplar típico. Su patrón fue a la Playa con la firme intención de apoltronarse sobre la reposera sin mover un dedo. Claramente los miembros de la pareja tenían intenciones antagónicas. El perro no paraba de correr, ladrar y moverse como un espástico. Etcétera. Esto se acentuaba cuando era inundado por el agua salada. En ese momento se transformaba en una especie de lombriz en un happening frenético saturada de psicofármacos.
Don Tito llevó la pelotita de goma como antídoto. Pensó que si se la tiraba muy lejos tendría unos minutos de paz mientras González iba a buscarla y se la traía hasta su regazo. Y así fue durante más de dos horas.
La secuencia era la siguiente: Con el brazo derecho lanzaba la pelotita con la mayor fuerza posible, intentando no pegarle a nadie, cosa que en general lograba. Luego la dicha de unas respiraciones profundas, jadeos y hasta pequeños ronquidos. Por último un súbito volver a la realidad de un almohadonzazo peludo, húmedo y babozo. Etcétera.
Cuando ya había decido regresar al departamentito para ver si la patrona le daba algo de comer, González regresó con dos objetos en el hocico. Una era la pelotita bicolor y el otro, de lejos, parecía una ramita seca seguramente de algún tamarindo de las dunas que separaban la playa de la avenida.
A medida que el perro se acercaba, Don Tito fue viendo al objeto desconocido de un color claro y con la punta carmesí. Cuando el perro se lo entregó pudo comprobar que estaba dividido en tres secciones similares y si no recordaba mal, los nombres de cada una eran: falange, falangina y falangeta.
Ni siquiera había tenido el tiempo suficiente de terminar de observarlo cunado fue increpado a los gritos por la dueña del apéndice.
- su perro me arranco el índice – dijo señalando a González con la otra mano, o mejor dicho con la única que poseía el dedo correcto para señalar.
El perro estaba feliz, por fin tenía muchas personas con las que jugar. Los demás bañistas también.
Parecía que iba a ser otra aburrida mañana playera. Por fin pasaba algo distinto al monótono grito de los vendedores ambulantes, los inconclusos castillos de arena, el campeonato de tejo y los mates lavados.
- Señora, el sólo estaba jugando, no sabe lo que hace ¿Por qué no se lo pega con la gotita? – intentó con poco éxito Don Tito.
- ¿Usted me está cargando? ¿no sabe que el dueño tiene que controlar a los animales? Está prohibido ingresar al balneario con mascotas-
- ¿Dónde dice? Yo no vi ningún cartel –
- ¿Tiene seguro? Porque este dedo me lo va a tener que pagar, si no prepárese porque esto le va a costar un ojo de la cara- Sentenció la amputada.
Mientras González intentaba darle la pelotita a alguno de los muchos espectadores, a los que él ya consideraba su público.
Poco a poco la gente fue cambiando de bando, al principio todos estaban indignados con la fea actitud del perro y con la irresponsabilidad de su dueño. Pero como dicen en el cine nunca actúes con niños ni con perros porque deslucen al protagonista. Etcétera.
Y González a fuerza de tesón y simpatía se los fue ganando. A tal punto que varios le sugirieron a la anciana que la cosa no era para tanto y que en cualquier clínica de la zona se lo pegaban en un santiamén.
Los muchos anónimos comenzaron a aplaudir, seguramente se perdió un niño o el bañero rescató a algún intrépido que se aventuró más allá de sus posibilidades. Pasó el barquillero y una nube robó unos minutos de bronceado. Etcétera.
Las olas imponían su fuerte presencia tan rápidamente como se desvanecían. En los balnearios nada perdura. Se pasa en un abrir y cerrar de ojos de una solitaria ciudad fantasma al bullicio de la metrópoli en pantalón corto.
Y sin darse cuenta nuevamente al frío de la soledad y la tensión de la espera.
Cuando el balneario se apaga, los perros de playa dejan de serlo, mutan a perros de ciudad: gordinflones, dormilones, rutinarios. Etcétera.
Se puede tratar de direccionar ese tremendo caudal de energía proponiéndole algún objetivo. Debe ser simple y comprensible inmediatamente, ya que no se logra que los individuos de esta especie mantengan la atención más de unos segundos.
González era un ejemplar típico. Su patrón fue a la Playa con la firme intención de apoltronarse sobre la reposera sin mover un dedo. Claramente los miembros de la pareja tenían intenciones antagónicas. El perro no paraba de correr, ladrar y moverse como un espástico. Etcétera. Esto se acentuaba cuando era inundado por el agua salada. En ese momento se transformaba en una especie de lombriz en un happening frenético saturada de psicofármacos.
Don Tito llevó la pelotita de goma como antídoto. Pensó que si se la tiraba muy lejos tendría unos minutos de paz mientras González iba a buscarla y se la traía hasta su regazo. Y así fue durante más de dos horas.
La secuencia era la siguiente: Con el brazo derecho lanzaba la pelotita con la mayor fuerza posible, intentando no pegarle a nadie, cosa que en general lograba. Luego la dicha de unas respiraciones profundas, jadeos y hasta pequeños ronquidos. Por último un súbito volver a la realidad de un almohadonzazo peludo, húmedo y babozo. Etcétera.
Cuando ya había decido regresar al departamentito para ver si la patrona le daba algo de comer, González regresó con dos objetos en el hocico. Una era la pelotita bicolor y el otro, de lejos, parecía una ramita seca seguramente de algún tamarindo de las dunas que separaban la playa de la avenida.
A medida que el perro se acercaba, Don Tito fue viendo al objeto desconocido de un color claro y con la punta carmesí. Cuando el perro se lo entregó pudo comprobar que estaba dividido en tres secciones similares y si no recordaba mal, los nombres de cada una eran: falange, falangina y falangeta.
Ni siquiera había tenido el tiempo suficiente de terminar de observarlo cunado fue increpado a los gritos por la dueña del apéndice.
- su perro me arranco el índice – dijo señalando a González con la otra mano, o mejor dicho con la única que poseía el dedo correcto para señalar.
El perro estaba feliz, por fin tenía muchas personas con las que jugar. Los demás bañistas también.
Parecía que iba a ser otra aburrida mañana playera. Por fin pasaba algo distinto al monótono grito de los vendedores ambulantes, los inconclusos castillos de arena, el campeonato de tejo y los mates lavados.
- Señora, el sólo estaba jugando, no sabe lo que hace ¿Por qué no se lo pega con la gotita? – intentó con poco éxito Don Tito.
- ¿Usted me está cargando? ¿no sabe que el dueño tiene que controlar a los animales? Está prohibido ingresar al balneario con mascotas-
- ¿Dónde dice? Yo no vi ningún cartel –
- ¿Tiene seguro? Porque este dedo me lo va a tener que pagar, si no prepárese porque esto le va a costar un ojo de la cara- Sentenció la amputada.
Mientras González intentaba darle la pelotita a alguno de los muchos espectadores, a los que él ya consideraba su público.
Poco a poco la gente fue cambiando de bando, al principio todos estaban indignados con la fea actitud del perro y con la irresponsabilidad de su dueño. Pero como dicen en el cine nunca actúes con niños ni con perros porque deslucen al protagonista. Etcétera.
Y González a fuerza de tesón y simpatía se los fue ganando. A tal punto que varios le sugirieron a la anciana que la cosa no era para tanto y que en cualquier clínica de la zona se lo pegaban en un santiamén.
Los muchos anónimos comenzaron a aplaudir, seguramente se perdió un niño o el bañero rescató a algún intrépido que se aventuró más allá de sus posibilidades. Pasó el barquillero y una nube robó unos minutos de bronceado. Etcétera.
Las olas imponían su fuerte presencia tan rápidamente como se desvanecían. En los balnearios nada perdura. Se pasa en un abrir y cerrar de ojos de una solitaria ciudad fantasma al bullicio de la metrópoli en pantalón corto.
Y sin darse cuenta nuevamente al frío de la soledad y la tensión de la espera.
Cuando el balneario se apaga, los perros de playa dejan de serlo, mutan a perros de ciudad: gordinflones, dormilones, rutinarios. Etcétera.
martes, 12 de mayo de 2009
Gabo
Hace tiempo me pidió que diga las palabras, quería que haga un semblante de su persona:
Colibrí. Siempre fue colibrí o ruiseñor. No gorila ni oso. Nunca tuvo los excesos del esperma. Pero igual fecundó. Giraba sus alas de flor en flor, hasta que le sangraban. Degustaba una tras otra sin quedarse con ninguna. Nunca era suficiente, nada lo completaba; buscaba una satisfacción sutil, inexistente.
Su padre, a modo de castigo por haber venido a desequilibrar la monotonía de su vida anestesiada, le puso Floro y lo condeno a la incertidumbre.
No pudo ser campo de Marte o tierra arrasada, como se le pedía. Tampoco tuvo la suficiente entereza para asumirse como vergel de primorosos colores, como le gustaba imaginarse
Dialogaba con sus fantasmas constantemente. Toda su energía, que era poca, la gastaba en un soliloquio constante.
La mirada siempre perdida como si estuviera viendo más allá. No tomaba decisiones, no supo armarse una vida ni un amor. Solo era buena para mimetizarse con los sucesos de alrededor. Cuando quería más recurría a las pastillas. “La felicidad es una formula química” decía e ingería un frasco.
Si creyera en los espíritus diría que estaba poseída, por algún demonio o por viejos muertos sin enterrar.
Siempre llevaba consigo una caja de madera tallada llena de máscaras: venecianas, Mongoles, de Durban o de algún otro lugar recóndito. Con ellas cubría su rostro según las circunstancias. Afirmaba que de niño había sufrido una herida muy grave que lo hacia repugnante a la vista de los otros, por lo que no podía mostrarse tal cual era. Nunca se supo si fue verdad.
Poco a poco fue perdiendo todo, especialmente aquello que le daba identidad: el deseo. Le espantaba el contacto íntimo con otros cuerpos. Solo tocaba objetos. Era atractivo, levemente pedante. En el fondo se sentía nada, un cínico pusilánime, un ballet sincronizado de mecanismos de defensa.
Poco a poco se fue separando del mundo y lo perdió todo. De la separación sólo le quedó la tenencia del silencio.
Ahora que falleció puedo abrir este sobre que dejo lacrado para la ocasión. Quizá contenga la leyenda para su epitafio:
“Por fin se bajó el telón de esta insostenible farsa. Desde este agujero les grito mi silencio irrefutable”.
Colibrí. Siempre fue colibrí o ruiseñor. No gorila ni oso. Nunca tuvo los excesos del esperma. Pero igual fecundó. Giraba sus alas de flor en flor, hasta que le sangraban. Degustaba una tras otra sin quedarse con ninguna. Nunca era suficiente, nada lo completaba; buscaba una satisfacción sutil, inexistente.
Su padre, a modo de castigo por haber venido a desequilibrar la monotonía de su vida anestesiada, le puso Floro y lo condeno a la incertidumbre.
No pudo ser campo de Marte o tierra arrasada, como se le pedía. Tampoco tuvo la suficiente entereza para asumirse como vergel de primorosos colores, como le gustaba imaginarse
Dialogaba con sus fantasmas constantemente. Toda su energía, que era poca, la gastaba en un soliloquio constante.
La mirada siempre perdida como si estuviera viendo más allá. No tomaba decisiones, no supo armarse una vida ni un amor. Solo era buena para mimetizarse con los sucesos de alrededor. Cuando quería más recurría a las pastillas. “La felicidad es una formula química” decía e ingería un frasco.
Si creyera en los espíritus diría que estaba poseída, por algún demonio o por viejos muertos sin enterrar.
Siempre llevaba consigo una caja de madera tallada llena de máscaras: venecianas, Mongoles, de Durban o de algún otro lugar recóndito. Con ellas cubría su rostro según las circunstancias. Afirmaba que de niño había sufrido una herida muy grave que lo hacia repugnante a la vista de los otros, por lo que no podía mostrarse tal cual era. Nunca se supo si fue verdad.
Poco a poco fue perdiendo todo, especialmente aquello que le daba identidad: el deseo. Le espantaba el contacto íntimo con otros cuerpos. Solo tocaba objetos. Era atractivo, levemente pedante. En el fondo se sentía nada, un cínico pusilánime, un ballet sincronizado de mecanismos de defensa.
Poco a poco se fue separando del mundo y lo perdió todo. De la separación sólo le quedó la tenencia del silencio.
Ahora que falleció puedo abrir este sobre que dejo lacrado para la ocasión. Quizá contenga la leyenda para su epitafio:
“Por fin se bajó el telón de esta insostenible farsa. Desde este agujero les grito mi silencio irrefutable”.
viernes, 10 de abril de 2009
Exégesis Incierta

Es curioso el comportamiento del águila negra de pleamar, más bien extraño e irreal.
Apenas lo supe no pude dejar de pensar en verificar las características específicas de sus conductas.
Sólo por satisfacer mi curiosidad y mi natural desconfianza, una noche de otoño viaje a la comarca en la que habitan la mayor cantidad de especimenes. Prefiero no develar el nombre del lugar para que no se llene de curiosos. Todos sabemos lo inescrupulosos que son. Nunca van a faltar los que intenten profanar este santuario donde, luego pude corroborar con creces, se concreta el ritual de este casi inexistente pájaro.
Con la cabeza llena de sueños y un poco malhumorado por lo inusual de la hora (3 AM) llegue al peñón desolado.
Entre tropiezos y a tientas pude encontrar la vera del mar. Era una noche especialmente oscura, sin luna ni estrellas. Una tenue guirnalda de luces lejanas, seguramente provenientes de las barracas de los pescadores, daban sensación de dimensión a un paisaje extremadamente plano. Sólo se veía un islote lejano de pastizales ralos e inclinados hacia el poniente por la persistencia del viento.
Mis mullidas pisadas sobre una arena gruesa, con la consistencia del carbón molido y el soplido de las olas eran los únicos sonidos dispuestos a ser escuchados.
“No entiendo como lo hace”, pensé. Como la corporización de un fantasma, de un golpe seco, apareció mi amigo Charly.
El sabe todo lo que hago, mis inquietudes, lo que me preocupa y desvela. Comparte el letargo de mis días monótonos y también la erupción de dispersos momentos afiebrados.
Que haya recordado este proyecto y que me haya encontrado en medio de la noche hacen de Charly un ser increíble. Es cierto que casi no habla pero estar con él es sentir un inmediato bienestar, dejarse invadir por la sensación de refugio, de lasitud, de ensueño placentero.
Lo que si, es un juerguista implacable. Misteriosamente, cuando aparecen otros, se las ingenia para esfumarse de forma tal que no lo vean. Siempre me deja mal parado, tratando de convencer a mis interlocutores de que no estaba hablando solo, de que había alguien aquí conmigo, hace un instante. Otras veces asoma su carita de gnomo por detrás de la gente, hace sus muecas y logra distraerme. Termino sin entender lo que me estaban diciendo. Lo hace a propósito porque sabe que soy capaz de soportarle todas sus locuras sin recriminaciones.
Juntos nos paramos a otear el horizonte; diría a olerlo o escudriñarlo porque solo la fluorescencia del agua nos permitía sentir que allí había vida y movimiento tal cual lo conocemos.
Como un amanecer imposible, a destiempo, algo inmaculadamente blanco se abrió camino hacia nosotros en la infinita negrura.
Si alguien se atreviese a intentar describir el sonido del ave planeando, flotando sin mover las alas, aprovechando las corrientes aéreas, seguramente afirmaría que no proviene de esta dimensión.
Hay que estar preparado con conciencia corporal y exaltado espiritualmente para escuchar el movimiento.
Como un intento torpe describiría su traslación de la siguiente manera:
Surge del horizonte, de la nada, o de un origen intangible. Sería acertado describirlo como un proceso lento y trabajoso, estudiado hasta el cansancio, como la danza de un Dios que sabe que en su realización evita que se disgregue un mundo.
A ciegas, intuitivamente, tracé su recorrido en mi anotador. Parecía no tener desplazamiento vertical, se movía siempre a la misma distancia del mar. Sin embargo, su movimiento horizontal siguió un trayecto exacto. Pude vislumbrar como su andar seguía fielmente el contorno de su propio cuerpo.
En un punto justo, se detuvo estática. Era un lugar indiscernible, a pesar de los esfuerzos nos fue imposible ubicarlo en el mapa. El ave de ensueño aparecía y desaparecía al ritmo del parpadeo de la mirada.
Sabíamos de su redoblado coraje. Ya había pasado por la dolorosa auto cercenación de todas sus plumas. En lo alto de la montaña, en una cueva aislada de todo se las arrancó una a una con el pico; las que tenía ya no le servían para enfrentar su hostil existencia. Ahora renovada por el dolor, estaba dispuesta a cerrar el círculo de su propia mutación.
Pudimos distinguir claramente que la luz emitida desde su pico eran dos piezas de ajedrez de marfil, inundadas de vitalidad. Los campos magnéticos del rey y la reina colisionaban y se intercambiaban en espiral constante, separados y unidos a la vez.
Las piezas incorporaron energía y masa de su alrededor aumentando de tamaño; hasta casi hacer quebrar al pico del águila. Llegaron a equiparar el mismo peso del cuerpo de su transportador.
En un acto de supervivencia, a sabiendas de que era su única oportunidad, el águila dejó caer a una de ellas a las profundidades del océano. De una sola dentellada soltó a la dama, mientras absorbió parte de la inmensidad en sus fauces.
Charly, en silencio, que es como se cuentan los mitos me explicó que este quiebre de la pareja es un desgarro esencial, una herida que nunca sanará. La reina bebió la última lágrima del rey y con ella sació su sed infinita.
- “La sed eterna sólo se sacia con la lágrima del otro, del que nunca debimos separarnos”- dijo Charly.
La sal hizo que al caer y encontrarse con las aguas la reina se disuelva y sea una con el océano. Un resplandor intenso iluminó la superficie del mar. Nos sentíamos participes de la coronación de la reina de la ciudad sumergida.
El águila vino a traernos la otra pieza, en forma de ofrenda. Como en un sueño su impulso no tenía efecto, se movía, pero no avanzaba.
Esta historia nunca culminaría, a pesar de que todo estaba dado para ello. Supimos que sin nuestra mirada nada de esto hubiera sucedido. Alguien nos hubiera ido a buscar hasta el último rincón del universo para que estuviéramos aquí, ahora. Nuestra presencia es la del participe necesario sin la cual nada puede suceder.
domingo, 29 de marzo de 2009
Desollado
Las autoridades han comunicado que se debe prescindir de todo. En el nuevo hogar todas las necesidades estarían satisfechas. Con fuerza de ley propiciaban el fin de una historia. Ya habían comenzado las obras. Impulsadas por la mano del hombre, las aguas del río dejarían de fluir por su cauce natural para buscar nuevas oportunidades en la ciudad: recorrerán los paseos, las plazas, los callejones y las casas.
Las cicatrices resecas del pavimento de la avenida al fin saciarán su sed. Los muros, las moscas de la carroña, las muertes súbitas y todo lo demás beberán hasta el hartazgo, y en el final el agua reemplazará al aire.
Todos en el pueblo estaban enterados y preparaban sus éxodos con pinceladas de nostalgia confusa y esperanza de que lo nuevo pueda ser mejor.
El sabía que sólo le quedaban tres o cuatro horas para unirse a la caravana, pero igual no se apresuró.
Miró a su alrededor como si fuera la primera vez o la última. Los objetos estaban impregnados de huellas y pasado, como un cuerpo que guarda las cicatrices de viejos combates. Los tocó, los olió, y de alguna forma se unió a ellos. Se los podía llevar pero perderían su equilibrio, el que habían logrado con tantos años de convivencia.
Los muebles, los retratos, las telas y lo demás formaban un sistema. Un sistema de lazos mutuos que funciona en conjunto, donde cada parte y el todo son la misma cosa.
La mesa irradiaba luz como el astro central; su presencia contaba una historia plagada de guiños, de silencios y de sonidos que no son necesarios nombrar. Había nutrido de alimentos, manos y palabras. Lo demás se constelaba armónicamente a su alrededor. Los objetos más cercanos iluminados, los más alejados semiocultos.
Las ropas sin cuerpos danzaban sudores de tareas y amores compartidos.
Sentadas al piano, las hilachas del vestido de tul improvisaban viejos desgarros.
Debía abandonar todo. Nadie le explicó como dejar su niñez astillada como el cristal de la luna, los amores a puñaladas, las constantes celadas de la cama. No hubo folletos que indiquen como abandonar lo que se concretó ni tampoco lo que sólo quedó en amenazas.
El baúl vomitó su contenido de olor agrio, sabor amargo e infelicidad; todo tan querido y propio. Sintió que tenía que ponerle alas para salvar sus tesoros del inminente naufragio.
¿Como haría para embalar tantos sueños afiebrados? Los suspiros, las enfermedades, los desvelos, los besos, la baba, el sexo.
Debía recoger sus pisadas y ordenarlas: ¿por fecha? ¿Por intención? ¿Por mutaciones?
Algo no estaba bien.
Un vaso a medio llenar le susurró al oído su indecisión, le habló del puente, de las dos orillas y del abismo. Le ordenó saltar o retroceder.
Se dio la cabeza contra una pared y tomó la decisión: no entregaría su universo. Ni sus recuerdos ni sus olvidos. ¿Por qué volver a nacer, si esta vida no había terminado?
Apuró lo que quedaba del vaso y se desnudó.
Furioso destrozó la mesa.
Como un aborigen agazapado decidió disolver su mundo antes de entregarlo.
Hizo un amasijo agobiante de libros, vidrios, loza, teclas, restos, leña, cuero, esperma, pezuñas, lanzas, rituales, cabelleras, sangre, aullidos…
Con la oreja pegada al piso escuchó…
Las cicatrices resecas del pavimento de la avenida al fin saciarán su sed. Los muros, las moscas de la carroña, las muertes súbitas y todo lo demás beberán hasta el hartazgo, y en el final el agua reemplazará al aire.
Todos en el pueblo estaban enterados y preparaban sus éxodos con pinceladas de nostalgia confusa y esperanza de que lo nuevo pueda ser mejor.
El sabía que sólo le quedaban tres o cuatro horas para unirse a la caravana, pero igual no se apresuró.
Miró a su alrededor como si fuera la primera vez o la última. Los objetos estaban impregnados de huellas y pasado, como un cuerpo que guarda las cicatrices de viejos combates. Los tocó, los olió, y de alguna forma se unió a ellos. Se los podía llevar pero perderían su equilibrio, el que habían logrado con tantos años de convivencia.
Los muebles, los retratos, las telas y lo demás formaban un sistema. Un sistema de lazos mutuos que funciona en conjunto, donde cada parte y el todo son la misma cosa.
La mesa irradiaba luz como el astro central; su presencia contaba una historia plagada de guiños, de silencios y de sonidos que no son necesarios nombrar. Había nutrido de alimentos, manos y palabras. Lo demás se constelaba armónicamente a su alrededor. Los objetos más cercanos iluminados, los más alejados semiocultos.
Las ropas sin cuerpos danzaban sudores de tareas y amores compartidos.
Sentadas al piano, las hilachas del vestido de tul improvisaban viejos desgarros.
Debía abandonar todo. Nadie le explicó como dejar su niñez astillada como el cristal de la luna, los amores a puñaladas, las constantes celadas de la cama. No hubo folletos que indiquen como abandonar lo que se concretó ni tampoco lo que sólo quedó en amenazas.
El baúl vomitó su contenido de olor agrio, sabor amargo e infelicidad; todo tan querido y propio. Sintió que tenía que ponerle alas para salvar sus tesoros del inminente naufragio.
¿Como haría para embalar tantos sueños afiebrados? Los suspiros, las enfermedades, los desvelos, los besos, la baba, el sexo.
Debía recoger sus pisadas y ordenarlas: ¿por fecha? ¿Por intención? ¿Por mutaciones?
Algo no estaba bien.
Un vaso a medio llenar le susurró al oído su indecisión, le habló del puente, de las dos orillas y del abismo. Le ordenó saltar o retroceder.
Se dio la cabeza contra una pared y tomó la decisión: no entregaría su universo. Ni sus recuerdos ni sus olvidos. ¿Por qué volver a nacer, si esta vida no había terminado?
Apuró lo que quedaba del vaso y se desnudó.
Furioso destrozó la mesa.
Como un aborigen agazapado decidió disolver su mundo antes de entregarlo.
Hizo un amasijo agobiante de libros, vidrios, loza, teclas, restos, leña, cuero, esperma, pezuñas, lanzas, rituales, cabelleras, sangre, aullidos…
Con la oreja pegada al piso escuchó…
viernes, 13 de febrero de 2009
Siempre hay una primera vez

En el fondo, detrás de un alambre tejido y un techo de chapa: un gallo y tres gallinas conviven con las moscas que revolotean alrededor de veintidós cuerpos amarillos.
La suave brisa de primavera arremolina las leves plumitas de los recién nacidos.
El niño luminoso admira su obra.
Hace apenas unas horas, guiado por la mano cálida de su madre dio vuelta la hoja del libro troquelado que mostraba a los alumnos con bufandas y la nieve en los tejados.
Con el aroma de puchero en la nariz vio aparecer, en cartón coloreado, a los pájaros y a las mariposas sobre los pimpollos a punto de reventar.
Aceptó la consigna: es la hora de renovar, de limpiar. Seguramente le agradecerían el baño lustroso que les acababa de dar a las veintidós crías.
Casi a diario había visto a la abuela arropar con devoción a los huevos con galladura. Usaba un giron de franela del saco viejo del abuelo. Si hasta ungió a la bataraza clueca a la categoría de reina. La sentaba en el trono que siempre fue suyo, el de la falda-delantal impregnada de tareas.
De repente, como un vendaval, se sintió sitiado. Pero no lo estaban felicitando. Debe haber un error, pensó ante los furiosos rezongos desdentados de la nona.
Después vendrían los tirones de orejas, el pedido de explicaciones y la sensación indudable de que algo muy importante se le había perdido.
Vio como la lluvia decoloraba lentamente las imágenes que en un minuto se transformaron en pasado. Los torneros de fútbol en la cancha de Pepo, la cuarta y quema, el espejito por la figurita difícil.
Pero igual se sintió poderoso. Como un semi dios (o como medio dios) al que se le asigna sólo la mitad de la tarea: “no podría dar vida…”. O quizá, vio que la línea que divide el bien del mal pasa por el centro mismo de su corazón. ¿Y quien esta dispuesto a destruir un solo fragmento de su propio corazón?
En un punto y a pesar de todo disfrutó del momento. Por primera vez contemplo el otro lado, lo integró y lo amo.
¡Que importancia tenia ahora lo por venir¡: El zumbido del aire comprimido deteniendo el vuelo de los pájaros, el agónico aullido de los gatos en el tacho lleno de kerosén o la luz extra terrestre iluminando a las vacas desangradas a la media noche.
Dicen que la primera vez es la mejor. A su manera él lo vivió así. El niño sombrío contemplo extasiado esos gloriosos veintidós cadáveres amarillos.
Jorge
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