domingo, 29 de marzo de 2009

Desollado

Las autoridades han comunicado que se debe prescindir de todo. En el nuevo hogar todas las necesidades estarían satisfechas. Con fuerza de ley propiciaban el fin de una historia. Ya habían comenzado las obras. Impulsadas por la mano del hombre, las aguas del río dejarían de fluir por su cauce natural para buscar nuevas oportunidades en la ciudad: recorrerán los paseos, las plazas, los callejones y las casas.
Las cicatrices resecas del pavimento de la avenida al fin saciarán su sed. Los muros, las moscas de la carroña, las muertes súbitas y todo lo demás beberán hasta el hartazgo, y en el final el agua reemplazará al aire.
Todos en el pueblo estaban enterados y preparaban sus éxodos con pinceladas de nostalgia confusa y esperanza de que lo nuevo pueda ser mejor.
El sabía que sólo le quedaban tres o cuatro horas para unirse a la caravana, pero igual no se apresuró.
Miró a su alrededor como si fuera la primera vez o la última. Los objetos estaban impregnados de huellas y pasado, como un cuerpo que guarda las cicatrices de viejos combates. Los tocó, los olió, y de alguna forma se unió a ellos. Se los podía llevar pero perderían su equilibrio, el que habían logrado con tantos años de convivencia.
Los muebles, los retratos, las telas y lo demás formaban un sistema. Un sistema de lazos mutuos que funciona en conjunto, donde cada parte y el todo son la misma cosa.
La mesa irradiaba luz como el astro central; su presencia contaba una historia plagada de guiños, de silencios y de sonidos que no son necesarios nombrar. Había nutrido de alimentos, manos y palabras. Lo demás se constelaba armónicamente a su alrededor. Los objetos más cercanos iluminados, los más alejados semiocultos.
Las ropas sin cuerpos danzaban sudores de tareas y amores compartidos.
Sentadas al piano, las hilachas del vestido de tul improvisaban viejos desgarros.
Debía abandonar todo. Nadie le explicó como dejar su niñez astillada como el cristal de la luna, los amores a puñaladas, las constantes celadas de la cama. No hubo folletos que indiquen como abandonar lo que se concretó ni tampoco lo que sólo quedó en amenazas.
El baúl vomitó su contenido de olor agrio, sabor amargo e infelicidad; todo tan querido y propio. Sintió que tenía que ponerle alas para salvar sus tesoros del inminente naufragio.
¿Como haría para embalar tantos sueños afiebrados? Los suspiros, las enfermedades, los desvelos, los besos, la baba, el sexo.
Debía recoger sus pisadas y ordenarlas: ¿por fecha? ¿Por intención? ¿Por mutaciones?
Algo no estaba bien.
Un vaso a medio llenar le susurró al oído su indecisión, le habló del puente, de las dos orillas y del abismo. Le ordenó saltar o retroceder.
Se dio la cabeza contra una pared y tomó la decisión: no entregaría su universo. Ni sus recuerdos ni sus olvidos. ¿Por qué volver a nacer, si esta vida no había terminado?
Apuró lo que quedaba del vaso y se desnudó.
Furioso destrozó la mesa.
Como un aborigen agazapado decidió disolver su mundo antes de entregarlo.
Hizo un amasijo agobiante de libros, vidrios, loza, teclas, restos, leña, cuero, esperma, pezuñas, lanzas, rituales, cabelleras, sangre, aullidos…
Con la oreja pegada al piso escuchó…

4 comentarios:

  1. Qué terrible decisión y sin embargo..¡tan cierta!!
    Cómo comenzar una vida despojado del alma?
    Excelente. Saludos.

    ResponderEliminar
  2. Bien !!! volviste. No nos dejes tanto tiempo sin historias... Podriamos elevar nuestro grado de optimismo.
    Le diste un punto emotivo interesante.
    mas visceral. Me agrado la resolucion.

    ResponderEliminar
  3. Bueno prácticamente una danza ritual llena de energía y plagada de heroísmo. Aguila Entonada

    ResponderEliminar
  4. Jorge, me encantó. Muy dramático e intenso. Me pegó el agua en la oreja.
    Destaco imágenes como "su niñez astillada como el cristal de la luna" y "embalar tantos sueños afiebrados".
    Tenés una imaginación privilegiada. Deberías postear más seguido.
    Saludos

    ResponderEliminar

Se donde viven