viernes 5 de noviembre de 2010

La b y la v


Teníamos que entrar a la casa cuando aparecían las locas. Era entonces cuando terminaba el griterío, se pateaba el último tiro libre, salíamos del refugio donde nadie nos descubriría, nos hacíamos visibles. Había que hacerlo antes de que las locas se acerquen demasiado. Los mas corajudos, como Tumio, se quedaban hasta último momento, incluso hablaban un poco con ellas.
De día era aburrido estar en casa. Al atardecer estaba bien: nos restregábamos las manos en la estufa, los grandes contaban historias intrigantes, el perro nos reclamaba el abandono a lengüetazos húmedos y tibios. Y no teníamos que ver a las locas.
La Quica y la Sara, que así se llamaban, eran madre e hija. Parece que también había un hijo varón, pero nadie lo había visto ni lo conocía ni se sabía en que trabajaba ni nada.
Madre e hija aparecían alrededor de las seis. Lo hacían desde una masa vegetal despiadadamente oscura y cerrada. Nosotros no podíamos ni siquiera imaginar que dentro de esa densidad agobiante hubiera algún tipo de lugar donde comer o dormir. Ni donde estaban los espacios para salir o entrar. Nos gustaba espiar. Aguzando la mirada creíamos entrever: leña retorcida, ramas entremezcladas, ojos incandescentes de lobos hambrientos, sonidos de animales incomprensibles, espinas punzantes, tramas de capullos envolventes y sangre.
Ellas vestían unas especie de túnicas de esclavos medievales hechas con tela de arpillera, cosidas a mano con pedazos de hilos de cualquier color; un cinturón de soga ceñido a la cintura y botas de lluvia “pampero”. Siempre igual, haga frío o calor. Entre los rasgos crispados de sus caras les colgaba una chivita entrecana como las de los mandarines. La chivita de la madre era más larga, por la edad. Andaban con las chuzas enmarañadas cubiertas de cenizas y barro. Empujaban un carro de mercado con las ruedas ovaladas con un perro adentro. Era un perro gordinflón del que sólo se veían la cabeza y las dos patas apoyadas en los fierros oxidados del carro. El resto del cuerpo sucumbía encajado en una bolsa también hecha de arpillera. Embajador lo llamaban.
- ¿No les gustaría tener un perro bonito como yo? Preguntaba tarde tras tarde Embajador con su carita desconsolada.
- ¿Quién iba a querer un perro de semejante familia? – Decíamos nosotros.
La Sara llevaba otro más pequeño en una bolsa colgada de la espalda en bandolera. El perro pequeño nunca era el mismo. No sabíamos si se morían de hambre o ellas se los comían. El perro pequeño no tenía nombre, quizá no lo bautizaban para no encariñarse.
Las locas repetían incansables el mismo parlamento día tras día: preguntaban por los campos de Marte, por el sol sobre el trigal y por los aguaceros que seguramente esa noche se avecinarían. Entre frase y frase gritaban “la botella” y “la varilla”. Lo hacían en un falsete muy agudo como un pedido de auxilio. Un ruego para que alguien las libere de sí mismas. Nosotros las imitábamos, nos gustaba hacer concursos y elegir el que mejor gritaba “la botella y la varilla”.
Aquel verano, un olor nauseabundo nos fue invadiendo hasta la asfixia. Todos, en el barrio, sabíamos que venía del mundo de las locas, pero nadie se atrevía a entrar. Los vecinos llamaron a los bomberos.
Los bomberos se adentraron en el oscuro follaje donde vivían la Quica y la Sara dibujando senderos a golpe de machete. Tumio era muy curioso y no le importaba nada. Era, sin dudas, el más valiente de nosotros. Y al que más le atraían las locas. Tumio también estaba un poco loco. Siguió de cerca el camino hecho por los bomberos. Después nos contó que en medio del matorral vio una choza de paja y barro rodeada de desperdicios de todos los colores. En el piso de la choza había veinte centímetros de agua estancada. Le pareció ver que la madre y la hija estaban desnudas, con las “pampero” puestas. En la piel arrugada de la madre vio unos dibujos violáceos, como un mapa de piratas.
Unas ranas, para defender su territorio, quisieron impedir el ingreso de los bomberos. Croaron ensordecedoras, les saltaron a las rodillas. Los bomberos son tenaces cuando se trata de hacer el bien y avanzaron
Cientos de libélulas y mariposas prendidas de las alas con alfileres de gancho, tapizaban las paredes de la choza. Tumio nos dijo que muchas sangraban aún. Embajador sobresaltado ladró: ¿Con que derecho entran así a nuestra casa? preguntó. Nadie respondió.
El olor provenía de una cama desvencijada con un cuerpo en descomposición enredado entre las sábanas.
Tumio lo vio todo y nos lo contó:
- Nosotros no fuimos, dijeron dos moscas blancas de entre miles que sobrevolaban el cuerpo sobre la cama.
- Esperen un poco que todavía queda algo de masa encefálica, pidieron unos gusanos asomándose por las órbitas de los ojos.
Quica, la madre, cacareó como el gallo del amanecer. Chapoteó en círculos salpicando agua podrida.
- Levantate, vago de mierda que tenes que ir a trabajar. Increpó la Quica a la masa descompuesta sobre la cama.
- Mi hijo es un vago de mierda, tiene que ir a trabajar pero no quiere levantarse. Intentó explicarle a los bomberos.
- La varilla, gritó Sara…
Después vinieron las topadoras y no dejaron nada. En el lugar construyeron una Capilla para espantar todos los males. El cura tuvo que conjurarla con cientos de litros de agua bendita. Parece que el barrio quedó mas tranquilo. Nosotros seguimos entrando a casa al atardecer a la hora exacta en la que se escuchaba gritar: “la botella”, “la varilla”

8 elogios desmedidos:

  1. qué locura Jorge

    qué manera de historiar

    qué terrible

    qué botella qué varilla

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  2. uhh, tu barrio de chico daba mieeeedo.
    Estos textos sacados de tu infancia tienen magia, misterio. Me dan una mezcla de escalofríos y ternura.

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  3. ah, este mensaje no es para que salga, pero lo que si no me gustó fue el título

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  4. Tumio será el más valiente, pero seguro que no te lo contó así. Esto solo te sale a vos.

    Abrazo.

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  5. Escalofriantemente poetico. Visceralmente humano. Como la vida misma. Te felicito!!!

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  6. Cuando uno ve la miserable vida que les tocó en suerte vivir comprende un poco mas a las "locas" de la botella y la varilla.¡ Cuantas villas en BA llenas de estas vidas sin salida.
    Una bofetada de relidad y miseria.
    Gracias,Diana.G

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Se donde viven