
A Carlos lo llamaron por teléfono a la oficina. Era raro, en diez años nunca nadie lo llamó. Pensamos que debería ser algo grave, un accidente, una muerte, quizá. Habló menos de un minuto. Quedamos expectantes, queríamos saber. El cortó y siguió como si nada, con su parcimonia habitual.
En esta repartición nunca pasa nada, por eso esperamos todo el día por una frase, un comentario, otro llamado. La mandamos a Inés, quien era la única que intercambiaba alguna que otra frase con Carlos. Inés es de las mujeres a las que uno no le niega nada. Carlos es de esos capaces de negarle algo a Inés. Al fin nos olvidamos del tema.
Carlos vino a trabajar puntualmente todos los días de la semana. Al medio día comió con hambre y dijo haber tenido un sueño reparador.
Sin embargo en la monotonía de los días iguales nos acostumbramos a entrever las pequeñas diferencias. El aletear de las enormes orejas nos produjo un chucho de frío. Carlos se levantó las solapas.
Se nubló.
Una tarde, un tal Alejandro se anunció en la recepción. Preguntó por Carlos. Inmediatamente lo asociamos al llamado.
Alejandro era hermoso como un rey; lo acompañaba una melodía con recuerdos de azúcar quemada. Inés lo vio y fantaseó con un bocado sutil de esos que perduran en el paladar.
Cuando le anunciaron la visita, Carlos se apresuró al hacer la última doble mortal, trastabilló pero recuperó el equilibrio.
Comenzó a llover. Nos quedamos en silencio, escuchando los pequeños impactos de las gotas contra el ventanal.
Alguien dejó la jaula abierta. Cuando llueve, el oso, se golpea el pecho haciéndolo sonar como un timbal.
La presencia de Alejandro nos alteró un poco a todos. Sobre todo a Carlos y a Inés que no dejaban de mirarlo.
Inés tensó la cuerda y caminó despacio, como haciendo equilibrio con una enorme vara. Ella lo hacía siempre, pero nosotros notamos algo distinto. Sobre todo por los jazmines que le crecieron en el cabello.
Se inundó el centro.
Saltamos expulsados como de una cama elástica, abrimos las ventanas. Cuando se inunda aprovechamos para que el agua ingrese, nos alegra y hace que las horas pasen mas rápido.
No sabemos por quien, pero en eso empezó a sonar un vals en notas estiradas de violín. Seguro era por la atracción que surgió entre los tres.
Inés y Carlos se tomaron de las manos y subieron a la balsa. Nosotros ayudamos a sacarla por el balcón. Alejandro luminoso, remaba.
Nos tomamos los cinco minutos reglamentarios para ver como se alejaban en el mar.


Jorge, qué bueno volver a leerte. Esto ha sido un bálsamo en el bolonqui del día. Hermoso el texto, mucho más hermoso.
ResponderEliminarTe extrañamos, venís este jueves al taller?
Bello, bello, bello...
ResponderEliminarAl texto me refiero ;)
Poesía instalada en lo que bien podría ser una oficina de microcentro. Gracias por eso!
Beso!
Etimado Manijulio:
ResponderEliminarLe escribo en mi nombre y sin querer en nombre de otros que aprecian su exquisita manera de decir.
Por favor no nos prive de leer sus peculiares textos que enriquecen nuestro mundo interior.
Graciela,D.