domingo 7 de febrero de 2010

Nunca Dormía


Al principio no existía la noche, ni los pensamientos compulsivos. Todo era único, luminoso e inocente.
Para la época en que brotó el apetito, el deseo, el beso…la balanza dividió las cosas en dos y con la manía del equilibrio puso mitad de un lado y mitad del otro. De tanto en tanto algo cruzaba la línea y momentáneamente alguna de las partes pesaba un poquito más que la otra. El equilibrio es siempre inestable.
Fue ahí cuando apareció la noche y los sueños.
Entre los pliegues de la oscuridad asomó la espera, lo indefinido, el terror animal. Todos nos refugiamos y dormimos. Tanteando a los otros en la penumbra aguardábamos al día para que ponga las cosas en su lugar. Y así por siempre.
El nunca dormía. Cuando digo nunca es nunca, desde que nació. No lloraba. Apenas llorisqueaba por necesidad, para que recuerden su existencia. No conocía la dicha del reposo, el alivio del cuerpo sin imágenes, ni palabras, ni ideas. Los pensamientos incansables lo fueron invadiendo poco a poco. Primero anidaron en las extremidades y así perdió el movimiento. Agobiado y para que el tiempo transcurra, inventó lenguas; describió con precisión universos no descubiertos; habló con los pájaros que vislumbran lugares no medibles con instrumentos.
Cuando los sueños no soñados paralizaron su estomago se alimentó de las vibraciones del aire, de mohines de bebes, de ademanes, de guiños, de últimos suspiros. Cuando le cercaron la garganta padeció compases de silencio. Silencios perturbadores pero imprescindibles.
Ahora cuelga rígido de una estaca, a la vista de todos. Sólo parpadea. Se teme que cuando sus ojos se clausuren, se diluya la realidad.
Una noche cualquiera, le cortaremos los parpados. El estará obligado a mirarnos. Nosotros estaremos seguros… podremos dormir en paz.

1 elogios desmedidos:

Se donde viven